Mes: marzo 2014

Collar de plumas

Adornos y pintura corporalEl día ha estado tan lleno de acontecimientos que aún con mi cuerpo en descanso mi mente sigue llena de suposiciones, sospechas, imaginación y locas conclusiones. Siento que una pelota de pimpón rebota de un lado a otro dentro de mi caja craneal.

Ya no tengo voluntad ni cerebro, ni mis ojos los párpados y aprovechan para deambular sin fin entre los pliegues de la carpa. No lo lograré, reconozco alegremente con resignación; el sueño es un lujo que mi curiosidad minimiza. Mañana será un día pesado pero eso será mañana y mi intriga es ahora, inmediata.

Lucho con el cierre de la bolsa de dormir, tiro y agrando su herida, me arrastro fuera como de aquella primigenia. En segundos el frío me despeja la mente y me duerme toda la piel. Con los dientes que castañetean como si hubiera olvidado preparar el despertador, bato un récord olímpico al vestirme con apuro. Sintiéndome un oso de peluche, cómico pero a la vez reconfortado por lo caliente, cambio de oscuridad al salir de la carpa. Se estremece mi espíritu, me siento desnudo en este exterior sin límites. La noche y la niebla se conjugan y no veo ni un risco o estrella, ni siquiera mi mano.

Con desespero busco, encuentro y sigo la cuerda de guía que hemos tendido para no perdernos. Aún de día, hasta casi las once, el sol no consigue disipar la niebla. Antes de entrar enciendo el pequeño generador y la gruta se ilumina. Acampamos afuera para no contaminar esta cápsula del tiempo prehistórico.

El calentamiento produjo la avalancha que barrió el hielo que la ocultaba y protegía. Este año su boca fue advertida y aquí estoy, al cruzar la entrada, retrocedo once o doce mil años con solo un paso. En un silencio reverente, mi vista recorre la pequeña gruta, el viento mueve las bombillas y el vaivén de la luz parece revivir la arcaica fogata. A su lado están los dos cadáveres que el frío y el aislamiento han conservado como momias a través de los milenios. Paso a su lado con mucho cuidado y me acerco a la pared posterior. Me parece ver unos dibujos, ilumino con mi linterna y desaparecen. Con ansiedad la apago y lentamente, al acostumbrar la vista, los vuelvo a ver. Son apenas visibles, hechos con restos de carbón de la hoguera y las figuras humanas están representadas por simples líneas: cabeza, tronco y cuatro extremidades. Encuentro otros, parecen sucesivos y yendo de una esquina a la otra, con un escalofrío, advierto que es una crónica. El primer cuadro está muy abajo y medito que humilde, ello me obliga a arrodillarme frente a él. Muestra mucha gente reunida, los trazos de unos se superponen con los de otros, los palotes se repiten verticales pero, sin embargo, por debajo aparecen algunos horizontales. Quizás era la tribu y algunos murieron por enfermedad, de hambre o de frío.

El siguiente dibujo muestra cinco hombres con lanzas que supongo han caminado durante tres jornadas pues esas son las lunas que dibujadas en cuarto así lo indican. Un paso más y me paralizo por el miedo atávico que me invade. Han luchado contra un dios. Así como los hombres son apenas líneas, el mamut aparece desproporcionadamente grande y con los más mínimos detalles me revive esa fuerza de la naturaleza que nos alimenta pero también nos mata. Veo dos lanzas en sus flancos y tres hombres caídos.

Golpeado, parpadeo confuso y tomando su brazo sano alrededor de mi cuello lo levanto, pega un grito de dolor pero hincando los dientes, nos tambaleamos hacia las rocas. A lo lejos, desde la inmensidad blanca, oímos el último bramido furioso del animal. Nos sorprende la cueva y, en cuanto acomodo a mi hermano, con el ascua que llevo en un estuche de cuerno, prendo fuego. Al revisarlo veo que el brazo está aplastado y tan dañado que ni lo toco, le doy agua y lo reconforto. No recuerdo haberme dormido entonces, pues el cansancio y el miedo de esa lucha así como el ayuno me desmayaron junto al fuego. Lo reavivo y, sin el valor de confirmar si mi hermano sigue aún conmigo, durante algunos días he señalado la entrada con piedras que forman la imagen del tótem de nuestra tribu. También dibujé nuestra ventura y hacia dónde huyó la bestia herida. Aunque sin esperanzas, quizás alguien nos siga y puedan cazarlo, me repito, pero en realidad pienso con pesar que muchos morirán de hambre este invierno.

Mis pensamientos vuelven a ella y mientras acaricio con mis dedos el collar de plumas con que me despidió mi compañera, el corazón se aquieta en su amor, el fuego se apaga y dejo de ver.

Me palmean la cara ya helada, Juan y Andrés me cargan sobre sus hombros y me recriminan a coro mi maniática tozudez.  Cuando pasamos junto a las momias alucino y veo que una de ellas sostiene con cariño nostálgico en su mano, un multicolor collar de plumas. Al latido siguiente ya sólo es polvo gris.

 

Carlos Caro

Paraná, 19 de febrero de 2014

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Aplausos

AplausosVeo en cámara lenta, reteniendo el tiempo, cómo esos brazos en alto baten las palmas. Me maravillo con su belleza. Parecen un par de alas que danzando se agitan hacia fuera y vuelven elegantes a juntarse. En el choque tiemblan y emiten un sonido, cada uno único. Abriéndome, al principio escucho algunos desacompasados, luego ramalazos y por fin olas de un mar sonoro que me llega al alma.

Son aplausos, reconozco atónito, y por mí ¿Por qué? Nada material supongo. La humanidad sólo los usa para festejar en conjunto bellos momentos: de felicidad compartida para realzar eventos importantes de vidas anónimas o como reconocimiento por labores tesoneras cuando dan frutos y ese, el que nos une como raza, ese que damos ante el genio de otro, cuando lo vemos brillar allá arriba. Lo ensalzamos humildes desde toda humildad, reconociendo entusiasmados que sus creaciones o interpretaciones nos elevan más allá de nosotros, que se unirá a esa lista de dotados que conocen los corazones de todas las épocas.

En un ramalazo veo las pinturas rupestres de Altamira, el busto exquisito de Nefertiti, la Venus de Milo que presiento menos hermosa si completa. Homero, Platón, Arquímedes, “La pieta” de Miguel Ángel, “Aida” de Verdi. Mozart, Beethoven, The Beatles. Oh, son tantos y tan pocos. Sobre esos hombros, aunque lo ignoremos, hemos escalado nuestros espíritus y vemos al mundo como lo vemos a través de sus ojos. No hallando respuesta me sumerjo en la memoria de mis aplausos.

Casi no he podido dormir. La oscuridad, con un pacto diabólico con el sol, en mi ausencia, se ha convertido, sin advertencia, en una mortecina luz matinal. Sobresaltado, me apresuro corriendo hacia el comedor con una esperanzada… desconfianza. Mis ojos la descubren junto el arbolito de navidad. Parece celeste y enorme ¡La luz se enciende! Mis padres desde la puerta me aplauden sonriendo. La monto inseguro. Con sus extrañas ruedas blancas será, lo sé, la bicicleta de mi vida. Mientras me sostienen sobre ella en el patio, me convenzo que no debo dudar. Si lo hago los Reyes Magos ya no vendrán el año que viene. Una sonrisa de añoranza me regresa, cientos de años después, la culpa de esa duda aun me persigue y los extraño.

Lo intento de nuevo. Estoy subiendo la pequeña escalera, en la tarima están todas las autoridades y profesores del colegio. Vamos pasando por orden de mérito y cuando recibo mi diploma de bachiller, me aplauden felices cientos de personas. Con la arrogancia de la juventud lo menosprecio. Todos son parientes o amigos de los graduados y tonto creo que son para mí. No los entiendo, aunque ha habido empeño, he disfrutado cada momento de esos años. Curioso, los saberes aprendidos han sido sólo ríos que me han llevado a un enorme mar en el que ansioso quiero sumergime. Recién lo comprendí al aplaudir a mis hijos. Ese estruendo era para todos, arriba o debajo de la tarima. Aplaudíamos esa invisible red que los había acompañado y que ahora con una porfiada esperanza los lanzaba al futuro.

Sigo buscando…, me atajo como puedo los puñados de arroz que nos arrojan. Tratamos con Julia de abrirnos paso en esa muchedumbre propia y conocida, que también nos aplaude contenta saliendo del registro civil.  Totalmente irreverentes hemos aceptado el formalismo burocrático del matrimonio como un mal menor para poder seguir adelante. En realidad, desde que nos conocimos aprisionamos juntos nuestros corazones y felices arrojamos fuera la llave, pero igual se disfruta toda esta expectación. Ya en el avión lo olvido todo al besarte, mientras subimos… y subimos… Aun lo hacemos.

Es mi alma la que finalmente me devela la incógnita. Mirando desde el aire comprendo que la gente me aplaude por diferentes motivos, algunos agradecidos, otros afligidos pese a saberme feliz. Pero en la inmensa cantidad de miradas siento que agradecen mi tesón y quizás en algunos aniden frutos. Mientras colocan definitivo mi féretro en el panteón familiar, sonrío sarcástico. Si han esperado a mi muerte para insistir porfiados en aplaudir por mí, rendido, por primera vez me inclino agradeciéndolo.

Este fue un final mentiroso. He tenido que desahogarme, un testigo ha entendido tan cabalmente mi obra que lo imaginé como un aplauso. Tan inmerecido como todos. Si hay un don, es un regalo que ilumina mis años postreros y que pequeño solo intento sembrar.

 

Carlos Caro

Paraná, 4 de enero de 2014

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Cortocircuito

cortocicuitoEnchufé la tostadora y en cuanto puse las primeras rebanadas de pan algo estalló escondido. Fue apenas como un bufido, mi visión periférica detectó un chispazo y atrayendo mi atención veo como una nube, negra como el hollín, asciende desganada desde el tomacorriente. No he oído saltar las llaves de protección y lo confirmo encendiendo la luz. De modo que el cortocircuito ha sido tan fulminante que debe haber quemado los cables.

Encogiéndome de hombros lo dejo para después. Me conformo y busco consuelo en un paquete de galletitas mientras desayuno. Apenas siento el olor del plástico quemado pero con sorpresa advierto que mi pituitaria tiene una memoria propia e independiente.

Recuerda aquel olor acre e inconfundible que producía al quemarse el primer plástico del hombre, la baquelita. Con su color desde un oscuro marrón al negro del teléfono. Extraño y persistente, aun pasados varios días, duraba su efecto. Con una añorada simpatía por lo sencillo, me lamento ahora pensando en los miles de millones de toneladas de sus descendientes incorruptibles que como basura, ya pronto nos cubrirán sin remedio.

Dejo de dar vueltas y esconderme, decidido afronto la reparación.  Insólitamente no encuentro la caja de herramientas en el armario del garaje. Lo he revuelto dos veces y nada, no la puedo hallar.

Desconcertado, recuerdo que hace pocos días Julia me conminó a arreglarlo y a tirar todo lo inservible ¿Aunque…? Claro, después terminó de acomodarlo ella, para que todo estuviera bien ordenado y agradable a la vista.

Riéndome de mí mismo, me dirijo a buscar la caja en la habitación del fondo donde amontonamos todos los muebles y enseres que no usamos. Con cariño y resignación mi mente masculina sigue pensando ilusa, que el universo es otro y distinto, donde la utilidad prima sobre la estética y el lugar ideal para una caja de herramientas es, precisamente, el armario que para ello fue construido en el garaje.

Satisfecho por mi perspicacia me tambaleo volviendo con la sin dudas “fea” caja. Deberé hacer algunos sacrificios. En ese último arreglo del armario, mi avaricia ocultó cada pequeño fragmento de metal en ella y su peso es intolerable.

Destornillador en mano ya estoy desarmando el tomacorriente, pienso por un momento en cortar la luz por seguridad, pero lo desecho enseguida. Hace muchos años, que nos conocemos íntimamente con la electricidad y rememoro desde cuándo.

Nos empujábamos alborotados alrededor del anciano que todos los días nos traía su extraño artilugio, con tan pocos años no reconocíamos al generador que había instalado sobre su bicicleta. Por algunas monedas nos entregaba un par de agarraderas de bronce que se conectaban a través de dos cables a ese aparato. Una vez bien plantados sobre los pies, comenzaba a darle vueltas mediante unas manijas. La electricidad nos recorría el cuerpo entre ambos polos, el voltaje subía y comenzábamos a temblar por su efecto. Se formaba un gran corrillo de niños que alentaban a resistir desde lejos, pues si uno tocaba apenas al “condenado”, recibía una amedrentadora descarga.

Centavo a centavo y día tras día fui mejorando, no en el voltaje pues tenía tope, pero sí en el tiempo que resistía. Luego de unos meses de gastar mis dientes apretándolos entre sí, casi campeón, aguantaba tooodo un minuto.

Con semejante entrenamiento, desde entonces creo que adquirí propiedades aislantes y sigo tranquilo con el arreglo.

Parpadeo como despertando, golpeado y sorprendido, despatarrado a dos metros de distancia que es donde me ha arrojado la descarga que recibí; me lamento y no lo puedo creer.

¿Tan difícil entrenamiento se ha perdido, será el tiempo o el voltaje?

 

Carlos Caro

Paraná. 3 de febrero de 2014

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