Cortocircuito

cortocicuitoEnchufé la tostadora y en cuanto puse las primeras rebanadas de pan algo estalló escondido. Fue apenas como un bufido, mi visión periférica detectó un chispazo y atrayendo mi atención veo como una nube, negra como el hollín, asciende desganada desde el tomacorriente. No he oído saltar las llaves de protección y lo confirmo encendiendo la luz. De modo que el cortocircuito ha sido tan fulminante que debe haber quemado los cables.

Encogiéndome de hombros lo dejo para después. Me conformo y busco consuelo en un paquete de galletitas mientras desayuno. Apenas siento el olor del plástico quemado pero con sorpresa advierto que mi pituitaria tiene una memoria propia e independiente.

Recuerda aquel olor acre e inconfundible que producía al quemarse el primer plástico del hombre, la baquelita. Con su color desde un oscuro marrón al negro del teléfono. Extraño y persistente, aun pasados varios días, duraba su efecto. Con una añorada simpatía por lo sencillo, me lamento ahora pensando en los miles de millones de toneladas de sus descendientes incorruptibles que como basura, ya pronto nos cubrirán sin remedio.

Dejo de dar vueltas y esconderme, decidido afronto la reparación.  Insólitamente no encuentro la caja de herramientas en el armario del garaje. Lo he revuelto dos veces y nada, no la puedo hallar.

Desconcertado, recuerdo que hace pocos días Julia me conminó a arreglarlo y a tirar todo lo inservible ¿Aunque…? Claro, después terminó de acomodarlo ella, para que todo estuviera bien ordenado y agradable a la vista.

Riéndome de mí mismo, me dirijo a buscar la caja en la habitación del fondo donde amontonamos todos los muebles y enseres que no usamos. Con cariño y resignación mi mente masculina sigue pensando ilusa, que el universo es otro y distinto, donde la utilidad prima sobre la estética y el lugar ideal para una caja de herramientas es, precisamente, el armario que para ello fue construido en el garaje.

Satisfecho por mi perspicacia me tambaleo volviendo con la sin dudas “fea” caja. Deberé hacer algunos sacrificios. En ese último arreglo del armario, mi avaricia ocultó cada pequeño fragmento de metal en ella y su peso es intolerable.

Destornillador en mano ya estoy desarmando el tomacorriente, pienso por un momento en cortar la luz por seguridad, pero lo desecho enseguida. Hace muchos años, que nos conocemos íntimamente con la electricidad y rememoro desde cuándo.

Nos empujábamos alborotados alrededor del anciano que todos los días nos traía su extraño artilugio, con tan pocos años no reconocíamos al generador que había instalado sobre su bicicleta. Por algunas monedas nos entregaba un par de agarraderas de bronce que se conectaban a través de dos cables a ese aparato. Una vez bien plantados sobre los pies, comenzaba a darle vueltas mediante unas manijas. La electricidad nos recorría el cuerpo entre ambos polos, el voltaje subía y comenzábamos a temblar por su efecto. Se formaba un gran corrillo de niños que alentaban a resistir desde lejos, pues si uno tocaba apenas al “condenado”, recibía una amedrentadora descarga.

Centavo a centavo y día tras día fui mejorando, no en el voltaje pues tenía tope, pero sí en el tiempo que resistía. Luego de unos meses de gastar mis dientes apretándolos entre sí, casi campeón, aguantaba tooodo un minuto.

Con semejante entrenamiento, desde entonces creo que adquirí propiedades aislantes y sigo tranquilo con el arreglo.

Parpadeo como despertando, golpeado y sorprendido, despatarrado a dos metros de distancia que es donde me ha arrojado la descarga que recibí; me lamento y no lo puedo creer.

¿Tan difícil entrenamiento se ha perdido, será el tiempo o el voltaje?

 

Carlos Caro

Paraná. 3 de febrero de 2014

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4 comments

  1. Es el encanto del riesgo, esa sensación de ser invencibles, inmortales, de estar convencidos de que a mí eso no me va a pasar. Luego la electricidad te demuestra la realidad. Besos.

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