Aplausos

AplausosVeo en cámara lenta, reteniendo el tiempo, cómo esos brazos en alto baten las palmas. Me maravillo con su belleza. Parecen un par de alas que danzando se agitan hacia fuera y vuelven elegantes a juntarse. En el choque tiemblan y emiten un sonido, cada uno único. Abriéndome, al principio escucho algunos desacompasados, luego ramalazos y por fin olas de un mar sonoro que me llega al alma.

Son aplausos, reconozco atónito, y por mí ¿Por qué? Nada material supongo. La humanidad sólo los usa para festejar en conjunto bellos momentos: de felicidad compartida para realzar eventos importantes de vidas anónimas o como reconocimiento por labores tesoneras cuando dan frutos y ese, el que nos une como raza, ese que damos ante el genio de otro, cuando lo vemos brillar allá arriba. Lo ensalzamos humildes desde toda humildad, reconociendo entusiasmados que sus creaciones o interpretaciones nos elevan más allá de nosotros, que se unirá a esa lista de dotados que conocen los corazones de todas las épocas.

En un ramalazo veo las pinturas rupestres de Altamira, el busto exquisito de Nefertiti, la Venus de Milo que presiento menos hermosa si completa. Homero, Platón, Arquímedes, “La pieta” de Miguel Ángel, “Aida” de Verdi. Mozart, Beethoven, The Beatles. Oh, son tantos y tan pocos. Sobre esos hombros, aunque lo ignoremos, hemos escalado nuestros espíritus y vemos al mundo como lo vemos a través de sus ojos. No hallando respuesta me sumerjo en la memoria de mis aplausos.

Casi no he podido dormir. La oscuridad, con un pacto diabólico con el sol, en mi ausencia, se ha convertido, sin advertencia, en una mortecina luz matinal. Sobresaltado, me apresuro corriendo hacia el comedor con una esperanzada… desconfianza. Mis ojos la descubren junto el arbolito de navidad. Parece celeste y enorme ¡La luz se enciende! Mis padres desde la puerta me aplauden sonriendo. La monto inseguro. Con sus extrañas ruedas blancas será, lo sé, la bicicleta de mi vida. Mientras me sostienen sobre ella en el patio, me convenzo que no debo dudar. Si lo hago los Reyes Magos ya no vendrán el año que viene. Una sonrisa de añoranza me regresa, cientos de años después, la culpa de esa duda aun me persigue y los extraño.

Lo intento de nuevo. Estoy subiendo la pequeña escalera, en la tarima están todas las autoridades y profesores del colegio. Vamos pasando por orden de mérito y cuando recibo mi diploma de bachiller, me aplauden felices cientos de personas. Con la arrogancia de la juventud lo menosprecio. Todos son parientes o amigos de los graduados y tonto creo que son para mí. No los entiendo, aunque ha habido empeño, he disfrutado cada momento de esos años. Curioso, los saberes aprendidos han sido sólo ríos que me han llevado a un enorme mar en el que ansioso quiero sumergime. Recién lo comprendí al aplaudir a mis hijos. Ese estruendo era para todos, arriba o debajo de la tarima. Aplaudíamos esa invisible red que los había acompañado y que ahora con una porfiada esperanza los lanzaba al futuro.

Sigo buscando…, me atajo como puedo los puñados de arroz que nos arrojan. Tratamos con Julia de abrirnos paso en esa muchedumbre propia y conocida, que también nos aplaude contenta saliendo del registro civil.  Totalmente irreverentes hemos aceptado el formalismo burocrático del matrimonio como un mal menor para poder seguir adelante. En realidad, desde que nos conocimos aprisionamos juntos nuestros corazones y felices arrojamos fuera la llave, pero igual se disfruta toda esta expectación. Ya en el avión lo olvido todo al besarte, mientras subimos… y subimos… Aun lo hacemos.

Es mi alma la que finalmente me devela la incógnita. Mirando desde el aire comprendo que la gente me aplaude por diferentes motivos, algunos agradecidos, otros afligidos pese a saberme feliz. Pero en la inmensa cantidad de miradas siento que agradecen mi tesón y quizás en algunos aniden frutos. Mientras colocan definitivo mi féretro en el panteón familiar, sonrío sarcástico. Si han esperado a mi muerte para insistir porfiados en aplaudir por mí, rendido, por primera vez me inclino agradeciéndolo.

Este fue un final mentiroso. He tenido que desahogarme, un testigo ha entendido tan cabalmente mi obra que lo imaginé como un aplauso. Tan inmerecido como todos. Si hay un don, es un regalo que ilumina mis años postreros y que pequeño solo intento sembrar.

 

Carlos Caro

Paraná, 4 de enero de 2014

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2 comments

  1. No debe esperarse el reconocimiento, ya que no siempre se consigue, por eso no hay que frustrarse si no llega y sí disfrutarlo cuando alguien te lo otorga. ¡Clap, clap, clap! Besos.

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