Collar de plumas

Adornos y pintura corporalEl día ha estado tan lleno de acontecimientos que aún con mi cuerpo en descanso mi mente sigue llena de suposiciones, sospechas, imaginación y locas conclusiones. Siento que una pelota de pimpón rebota de un lado a otro dentro de mi caja craneal.

Ya no tengo voluntad ni cerebro, ni mis ojos los párpados y aprovechan para deambular sin fin entre los pliegues de la carpa. No lo lograré, reconozco alegremente con resignación; el sueño es un lujo que mi curiosidad minimiza. Mañana será un día pesado pero eso será mañana y mi intriga es ahora, inmediata.

Lucho con el cierre de la bolsa de dormir, tiro y agrando su herida, me arrastro fuera como de aquella primigenia. En segundos el frío me despeja la mente y me duerme toda la piel. Con los dientes que castañetean como si hubiera olvidado preparar el despertador, bato un récord olímpico al vestirme con apuro. Sintiéndome un oso de peluche, cómico pero a la vez reconfortado por lo caliente, cambio de oscuridad al salir de la carpa. Se estremece mi espíritu, me siento desnudo en este exterior sin límites. La noche y la niebla se conjugan y no veo ni un risco o estrella, ni siquiera mi mano.

Con desespero busco, encuentro y sigo la cuerda de guía que hemos tendido para no perdernos. Aún de día, hasta casi las once, el sol no consigue disipar la niebla. Antes de entrar enciendo el pequeño generador y la gruta se ilumina. Acampamos afuera para no contaminar esta cápsula del tiempo prehistórico.

El calentamiento produjo la avalancha que barrió el hielo que la ocultaba y protegía. Este año su boca fue advertida y aquí estoy, al cruzar la entrada, retrocedo once o doce mil años con solo un paso. En un silencio reverente, mi vista recorre la pequeña gruta, el viento mueve las bombillas y el vaivén de la luz parece revivir la arcaica fogata. A su lado están los dos cadáveres que el frío y el aislamiento han conservado como momias a través de los milenios. Paso a su lado con mucho cuidado y me acerco a la pared posterior. Me parece ver unos dibujos, ilumino con mi linterna y desaparecen. Con ansiedad la apago y lentamente, al acostumbrar la vista, los vuelvo a ver. Son apenas visibles, hechos con restos de carbón de la hoguera y las figuras humanas están representadas por simples líneas: cabeza, tronco y cuatro extremidades. Encuentro otros, parecen sucesivos y yendo de una esquina a la otra, con un escalofrío, advierto que es una crónica. El primer cuadro está muy abajo y medito que humilde, ello me obliga a arrodillarme frente a él. Muestra mucha gente reunida, los trazos de unos se superponen con los de otros, los palotes se repiten verticales pero, sin embargo, por debajo aparecen algunos horizontales. Quizás era la tribu y algunos murieron por enfermedad, de hambre o de frío.

El siguiente dibujo muestra cinco hombres con lanzas que supongo han caminado durante tres jornadas pues esas son las lunas que dibujadas en cuarto así lo indican. Un paso más y me paralizo por el miedo atávico que me invade. Han luchado contra un dios. Así como los hombres son apenas líneas, el mamut aparece desproporcionadamente grande y con los más mínimos detalles me revive esa fuerza de la naturaleza que nos alimenta pero también nos mata. Veo dos lanzas en sus flancos y tres hombres caídos.

Golpeado, parpadeo confuso y tomando su brazo sano alrededor de mi cuello lo levanto, pega un grito de dolor pero hincando los dientes, nos tambaleamos hacia las rocas. A lo lejos, desde la inmensidad blanca, oímos el último bramido furioso del animal. Nos sorprende la cueva y, en cuanto acomodo a mi hermano, con el ascua que llevo en un estuche de cuerno, prendo fuego. Al revisarlo veo que el brazo está aplastado y tan dañado que ni lo toco, le doy agua y lo reconforto. No recuerdo haberme dormido entonces, pues el cansancio y el miedo de esa lucha así como el ayuno me desmayaron junto al fuego. Lo reavivo y, sin el valor de confirmar si mi hermano sigue aún conmigo, durante algunos días he señalado la entrada con piedras que forman la imagen del tótem de nuestra tribu. También dibujé nuestra ventura y hacia dónde huyó la bestia herida. Aunque sin esperanzas, quizás alguien nos siga y puedan cazarlo, me repito, pero en realidad pienso con pesar que muchos morirán de hambre este invierno.

Mis pensamientos vuelven a ella y mientras acaricio con mis dedos el collar de plumas con que me despidió mi compañera, el corazón se aquieta en su amor, el fuego se apaga y dejo de ver.

Me palmean la cara ya helada, Juan y Andrés me cargan sobre sus hombros y me recriminan a coro mi maniática tozudez.  Cuando pasamos junto a las momias alucino y veo que una de ellas sostiene con cariño nostálgico en su mano, un multicolor collar de plumas. Al latido siguiente ya sólo es polvo gris.

 

Carlos Caro

Paraná, 19 de febrero de 2014

Descargar XPS:  http://cort.as/9mcu

 

 

 
Licencia de Creative Commons
Collar de plumas by Carlos Caro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en http://carloscarocomentarios.megustaescribir.com/.

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7 comments

  1. Me gusta la historia pero le has imprimido un ritmo demasiado frenético, termino sin aliento. Está bien escrito pero creo que ganaría con frases más cortas y sencillas. Ya sabes que lo prefiero así, pero lo que cuenta es cómo te gusta a tí. Besos.

  2. Debes tener razón en cuanto a las frases cortas pero ya eran demasiados puntos y estoy intentando alargarlas, en algún momento llegaré a un equilibrio adecuado. Gracias por comentarme Sol, aunque a ti te parezca “demasiado” frenético, justamente, era lo que pretendía ¿Como lograría que sientas ese pasado? Pues, no dándote tiempo ni para respirar. Un beso

  3. Gracias lavanda, ese libro es genial; lo leí hace años y lo releo cada
    vez que un nuevo descubrimiento confirma sus hipótesis. Mas que
    en este cuento, tenlo presente cuando publique “Hacia el Oasis de Siwa”. Un beso

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