Mes: abril 2014

Ningún lugar

Ningun lugarCerraron la puerta detrás de mí y aunque intenté regresar, no la pude abrir. Sin orientación me vi en un pasillo azulejado, tan infinito hacia un lado como hacia el otro. Sólo me mostraba en cada extremo un sucio ventanal que filtraba poca luz.

Comencé a recorrerlo mientras sonaba en mi cabeza una cuenta descendente y la orden de buscar el camino hacia ningún lugar. Encontré una encrucijada, hui del lado izquierdo y tome a la derecha. Era más bajo, también sin fin pero que, iluminado por fluorescentes tartamudos, se perdía en un gris lejano.

Se abrían pasillos en ambos sentidos y en un momento me sentí totalmente perdido. Me creí un ateniense en el laberinto de Dédalo. Minos me había ofrendado y ya sólo era carne para el Minotauro. Con horror oí su bufido que levantó una nube de polvo desde la próxima intersección. Lleno de pánico, me dispuse a huir, cuando en lugar de la tan temida testuz, apareció un inofensivo escobillón muy ancho que era empujado rítmicamente por un ordenanza. Petrificado, vi cómo cruzaba y se perdía del otro lado.

Demoré una eternidad en volver a respirar, mi corazón corría y mi boca estaba seca. Mientras oía que el bufido se perdía en la distancia, me fui calmando, recordé la cuenta regresiva y recuperé el ánimo. Encontré fácil imitar el valor de Teseo y me asomé con un temor ridículo a ese cruce. No había nadie, solo el piso brillante por lo limpio y me dije, entonces, que quizás fui estatua demasiado tiempo. Pero enseguida lo olvidé pues a pocos pasos estaba, proverbial, un ascensor en el que sin dudas saldré de estas subterráneas mazmorras y podré dirigirme a ese camino a ninguna parte. Como si me persiguieran, corro hacia él: abro, entro y cierro con desesperación, me asusto del estruendo que yo mismo provoco.

Me enfrento al tablero que no tiene botones de subsuelos. No lo entiendo, pero como si fuera un salvavidas para un ahogado, golpeo el que indica planta baja. Mi mente estalla con el desconcierto de bajar en lugar de subir ¿Dónde estoy? ¿El laberinto no era subterráneo? Veo los números de los pisos que se van iluminando a medida que bajamos y coinciden con esa cuenta regresiva de mi inconsciente. Con un contundente rebote se detiene al final. Ya no sé qué hacer, miro sin ver la puerta durante horas, sólo oigo mi respiración autónoma: no tengo pasado, no tengo futuro. Es un limbo intemporal cómodo. No me da nada y no espera nada de mí.

Es lo que buscaba. El conteo se interrumpe. La puerta se abre, la luz me encandila, los sonidos me aturden, el corazón golpea e inspiro con fuerza por primera vez. Regreso, no sé por qué ni de dónde. Me duele, siento mi cuerpo colgar de cabeza y húmedo. Me golpean con fuerza y mi llanto de furia olvida todo. Deja mi mente nueva y en blanco.

Solo me consuelan unos tibios brazos y ese palpitar. Es lo único que llena mi cerebro, el rítmico latido de ese corazón que me acompaña desde el principio, desde: ningún lugar.

 

Carlos Caro

Paraná, 31 de marzo de 2014

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La casa de Lucilia

La casa de Lucilia                                                                                                                      Algunos la llaman Blowfi

                                                                                                                                    W¹: Calliphoridae

Hoy me he despertado ansiosa. Voy zumbando del dormitorio al baño y, desde allí, la gula me atrapa y me dirige hacia el comedor en busca de un buen desayuno. Mis ojos son mil, y aun así, no me alcanzan para apreciar tantas maravillas que encuentro. Beso con devoción una tostada y luego la traiciono besando también la mermelada.

Esto irrita a los que viven conmigo. Solo hace diez días que nos conocemos. Deploran mis malos modales, me retan y para castigarme me apartan con enojo. Con media vida a cuestas ya los conozco y no me dejo amedrentar. Revoloteo molesta a su alrededor hasta que cada cual ha recibido lo suyo.

Ahíta, salgo al jardín, voy de flor en flor solo para entretenerme mientras el sol me entibia. Recorro todo ese entorno con un placer de dueña. Hago reales sus aromas al tocarlas y pierdo días de existencia en el embeleso. Sin aburrirme, no encuentro nada nuevo y regreso, acalorada y refulgente, a la sombra de la casa.

Para entonces, ya se han ido (regresarán al anochecer) y esta soledad me da una sensación de seguridad que me tranquiliza. Bajo el nivel de mis recelos, naturales pero también agotadores. Tanto, que ya siento, incipiente, un poco de hambre.

Sin un propósito definido, pongo los pies en la tierra y paso de un cuarto a otro. Piso la madera en unos y los mosaicos en otros. Reviso esos armarios ajenos y hasta siento a quién pertenecen. Al tocar ese pañuelo multicolor lo sé de seda y con un suave dejo de gardenias. Justo al lado, en otro menos abarrotado, también encuentro la seda en una elegante corbata que conserva la loción de afeitar. Escalo la cama, y al atravesarla, distingo abrazados a la gardenia con la loción de afeitar.

Pienso que el título de espía me calza como un guante. Jugando, me disfrazo de negro pero un rayo de sol me revela verde y brillante.

Impune, exploro otros dormitorios de cortinas menos abiertas. Toco aquí y allá, mas no consigo distinguir ninguna presencia u olor. Seguramente la vida se los ha llevado y floto en una atmósfera que mezcla la melancolía con un feliz anhelo de un próximo reencuentro. Con ojos distintos, se multiplican frente a mí esos millares de retratos con sonrientes caras y esos miles de juguetes antiguos que parecen esperar ansiosos las viejas y las nuevas caras para ser queridos otra vez.

Tanta curiosidad ha exacerbado mi hambre, de modo que visito la cocina y, apoyada en la pared, los espero con impaciencia. La luz mengua, el sol se va y ellos llegan en una explosión de ruidos que me amedrenta. Me paralizo instintivamente y espero que no me distingan de las sombras.

Mi hambre ya me obnubila y, aunque sé que les molesto, necesito comer. La luz regresa y pasan a mi lado charlando. Dejo escapar lentamente el aire que aprisionó mi temor, parece que no me han advertido. No puedo creer que me ignoren de esta manera y han dejado, presiento, comida sobre la mesada mientras siguen hacia el comedor. Enloquecida de hambre y de miedo vuelo hacia la mesada. La toco, la huelo y, desquiciada, comienzo a comer. Un cambio en la luz, que sé fatal, dispara alocadas mis alas y mi cuerpo verde iridiscente me delata en el inútil intento de huir.

— ¡Por fin! — Exclamó Juan con el matamoscas en la mano—. Ya no aguantaba más a esa mosca.

1- Wikipedia

 

Carlos Caro

Paraná, 19 de abril de 2014

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1/2 ensayo sobre “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” de Jorge Luis Borges

Les adjunto un link para leer el cuento en línea: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/borges/tlon_uqbar_orbis_tertius.htm

 

Mi amiga Susan oriunda de Saint George, que conoce mi manía literaria de escribir en primera persona y sólo cuentos cortos, me sugirió leer “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” de Jorge Luis Borges. El motivo que esgrimió era que reconociera otras formas de relatos en primera persona. He usado la palabra reconocer para describir de algún modo mi doble visión de un texto. Como novel escritor (el “novel” debe aplicarse sólo al corto período que llevo intentándolo) me sucede lo que García Márquez llamó “desarmar” los libros.

En realidad, mis días felices de despreocupado lector han concluido. Ha sido como abandonar la niñez y, si no me lamento, es porque que he hallado, con incredulidad, algo mejor. Quedará para otra oportunidad explicar los cambios que me generó el escribir. Baste indicar en esta ocasión que mi mente disocia la forma (la escritura) del contenido (significado, trama, intención). Antes -no puedo creer lo cercano-, mientras no tuviera gruesos errores, los escritos eran devorados a la mayor velocidad posible. Resalto la importancia de la velocidad de lectura, ya que es la piedra fundamental de la comprensión del texto. A partir de ese límite, es que nuestro intelecto va construyendo el escenario, los personajes y adentrándose en la trama en un estado límbico y atemporal.

Eso es lo que se perdió: mi lectura dividida se fija en la forma, sopesa cada recurso, las peculiaridades de puntuación y qué motivó al autor para escribir de una manera u otra. Cuanto mejor es el escrito, mejor se notan “marcas” casi imperceptibles y, me consta, hasta inconscientes. Van más allá del relato explícito, revelan sus creencias, deseos y sentimientos. Revelan el núcleo que generó al cuento y, en más de una ocasión, el resto del relato es sólo un escenario intelectual que le da forma literaria.

En resumen, soy tan tonto como me describía un viejo amigo de juventud: incapaz de mascar un chicle y caminar al mismo tiempo. Al fijarme en cómo está escrito, pierdo velocidad y atención. Por lo cual dejo de captar el contenido y debo releer, pero… como ya aprendí algo del “modus operandi” del autor, mi lectura es totalmente diferente a la primera y, con nuevos descubrimientos, debo releer una y otra vez.

A los buenos relatos los trato como a vinos finos. Los dejo madurar en cubas de biblioteca y los vuelvo a leer con asombro como si fuera la primera vez. Por supuesto, si bien apasionante, esto es una gran limitación ya que, por ahora, me acota a textos relativamente cortos. Esta larga introducción es para explicar mis observaciones de la obra mencionada.

Adentrándome en ella, no me atrevo a desentrañar el contenido. Ha sido tan interpretado, ensalzado y controvertido que sólo diría un “me parece”, que mal escondería mi ignorancia. La primera vez que lo leí hace años, francamente, me aburrió y fue olvidado sin pena ni gloria. Ahora, ha logrado el mismo efecto, mas no así su forma.

Lo primero que me llama la atención al leer “Ficciones” son los estilos diferentes entre los diversos grupos de cuentos, parecen diferentes autores o, al menos, diferentes épocas. La puntuación y las expresiones. El despliegue de idiomas y personajes históricos de diferentes materias, campean en unos y se esconden en otros.

En “Tlön…”: usa un tono coloquial, nombra a amigos y conocidos por sus verdaderos nombres. Que así haya sido publicado, demuestra el juego íntimo con sus compañeros con los que, seguramente se reía de todos nosotros, sus lectores. En este cuento usa algunos corchetes y guiones medios en lugar de comas. Recurso conocido pero, tan exacto, que resultan satíricos. He intentado reproducirlos aquí con, por supuesto, un rotundo fracaso.

Borges puebla el texto con expresiones arcaicas: onceno por onceavo, libro impreso en “octavo mayor” lo cual es un tamaño de papel pre industrial. También cita como referencia, el número de página de textos inexistentes. Usa el mismo recurso, falseando nombres, para justificar dichos, acciones o ideas. Todo para darle al relato un lustre de formalismo y rigurosidad sin el cual sus extrapolaciones filosóficas carecerían de verosimilitud.

Es tan vasto el engaño, que se permite realizarlo en varios niveles a diferentes tipos de lector: cuando indica que el sistema duodecimal es en el que 12 vale 10 y que sistema hexadecimal es en el que 60 vale 10. Veo ahora dos vertientes: el lector que lo acepta como un dato más y el que por el contrario, magnánimo, lo corrige “in mente” sustituyendo el 10 por el 1 y piensa que, bueno… al igual que todos, una minucia se le escapa a cualquiera. Pues… el autor, como un duende irónico, no deja escapar a ningún lector. Ya al final, en la nota al pie “3”, aclara que en duodecimal un siglo sería un período de ciento cuarenta y cuatro años. El primer lector quedará desconcertado y el segundo se sentirá un idiota al advertir que no había error y que los datos eran otro ardid, que Borges sabe perfectamente los fundamentos del sistema al cual pervierte descaradamente con una última sonrisa al proporcionar ese número.

Este presupone un inexistente siglo duodecimal de 120 años, los cuales a su vez, están formados por 14,4 meses cada uno. Ya que si 12 es 10 y el año “decimal” tiene 12 meses, el año “duodecimal” debe tener (por simple regla de tres) 14,4. Se llega así a la conclusión de que un siglo duodecimal tendrá 1728 meses (120×14,4). En este momento ya en la enrarecida estratósfera matemática, advierte que el resto de la humanidad usa un año de doce meses y entonces divide sus 1728 meses por 12 y es allí donde aparece el sigiloso y a la vez genial siglo de ciento cuarenta y cuatro años.

Para terminar, hago una confesión y un aviso. La primera vez debo haberlo leído alrededor de los setenta y, tanto ahora como entonces, lo leí mal. El cuento se publicó en el año mil novecientos cuarenta, tal como indica al final de la primera parte. Desde el tiempo de mis lecturas la postdata de mil novecientos cuarenta y siete fue leída como un agregado realizado en alguna edición posterior. Nada más ajeno a Borges, desde un principio fue futuro, otra vez el burlón maestro se quitó la máscara y termina realmente su cuento demostrando que ni siquiera necesita del tiempo.

Como siempre con él, quedo ambivalente: no sé si, humilde, admirar al genio o, enojado, rechazar la soberbia que esconde.

 

Carlos Caro

Paraná, 16 de abril de 2014

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Hacia el Oasis de Siwa

Hacia SiwaBusca…desde hace milenios, negro como la muerte, la misma que busca por su instinto. Su cabeza pelada hace de cuña en el cielo y sus ojos barren decenas de kilómetros a la redonda. Sostienen su gran peso las enormes alas, aprovecha cada columna de aire ascendente y no necesita de aleteos. Casi inmóvil, maneja su vuelo con pequeños movimientos de las plumas maestras que, coronadas de blanco, parecen flamear en la punta de esas alas.

Tras un caminar difícil entre las dunas durante toda la noche, al amanecer divisé los farallones cercanos y en esta inmensidad estéril me reencuentro con la vida al ver, alto sobre el horizonte, un buitre vigilando. Luego de dos horas lo tomo como una buena señal, sigue y explora su territorio al norte, confirma lo acertado de mi dirección al oasis y, por otra parte, como estoy seguro que me ha visto, si no espera por mí, es que tengo alguna chance todavía.

El calor se hace insoportable, me tambaleo parado sobre un terreno pétreo y desparejo. Me alejo del desierto de dunas al sur, no puedo creer que se termine. Ya me quema la pared rocosa mientras busco atolondrado alguna sombra que me cobije del sol durante el día. Inesperadamente aparece una abertura, tropiezo y caigo desmayado en ella.

Despierto con mi cara sobre un suelo áspero de piedra, lentamente recupero mi cuerpo y lo obligo a recostarse más cómodo. Solo mis ojos, por ahora, revisan el lugar. En una bienvenida penumbra razono que se trata de un repliegue del farallón, al que alguien cerró construyendo una pared de piedras y dejó apenas una abertura como entrada.

Bajo una capa de fina arena reconozco una mesa, una banqueta y una informe estantería con algunas vasijas tapadas. Salto como un resorte y las empiezo a revisar frenético, me obnubila la sed. Una a una, como penas, las deshecho vacías hasta que, al borde de perder el juicio, una más pesada, al moverla, me indica que tiene líquido.

Me resiste el tapón, lo han cubierto con alguna grasa protectora y mis manos resbalan, las limpio contra mis ropas e insisto sin pausa. Me adentro en la locura. Todo el universo es ahora la lucha con el tapón. En algún tiempo de ese infinito, en silencio, aunque lo oigo como un trueno, cede al fin y, seguro de que es agua, levanto la vasija para beber. Un olor nauseabundo me lo impide y me espanta, si no estuviera deshidratado lloraría de frustración.

Con un lamento la vuelvo a apoyar y sigo explorando con desanimo. Encuentro una alfombra y un gran cuaderno como los de bitácora sobre la mesa; todo parece gris por el polvo. Me siento en la banqueta frente a él y la presencia de una pequeña lámpara de aceite me explica el contenido de la vasija. Miro la hora aunque ya el descenso de la temperatura me había avisado que se acercaba el atardecer. Me queda esperar aún unas dos horas, antes de seguir hacia el Oasis de Siwa. Está muy aislado pero, aun así, es el asentamiento conocido más antiguo de la humanidad, sus miles de palmeras llenas de dátiles y sus fuentes de agua fresca son mi esperanza. Para aprovechar la noche debería dormir pero curioso reviso el cuaderno desde atrás.

Comienza con muchas hojas escritas por diferentes manos en árabe, un galimatías que francamente no entiendo; luego sigue toda una sección en griego. Alucino y me encuentro en el refugio de un caravanero. Creo que otro perdido, un macedonio, me cuenta desde esas hojas indescifrables cómo llegó al Oasis de Siwa con el gran Alejandro. Desde la recién fundada Alejandría venía en busca del oráculo de Amón, tan importante en oriente como el de Delfos en occidente. El rey necesitaba que aquel le reconociera su origen divino y lo proclamara Faraón. Ya dios, regresó a Memphis para asumir, entonces, también la jefatura espiritual de Egipto legitimando su poder total. Al acompañarlo en ese camino, el macedonio se extravió durante una tormenta de arena y vagó hasta que lo encontró el caravanero.

Los escritos continúan nuevamente en árabe pero de pronto aparece un escrito en francés y soñando veo la fecha: cuatro de enero de mil novecientos treinta y seis. No está firmado, pero sé que lo escribió Saint Exúpery cuando luego del accidente aéreo y tras tres días de penurias, lo rescató un beduino que, seguramente, lo trajo aquí. Son como los apuntes de su Tierra de hombres.

Ya casi no veo, fabrico una pequeña mecha con un pedazo de mi camisa, uso el aceite de la vasija y la inflamo en la lámpara. Me apuro con más hojas en árabe pero ya es la hora, debo usar la noche. Busco resuelto la primera hoja en blanco para dejar también mi testimonio. Sin embargo ahora me parece un sueño y sería como un sacrilegio, de modo que solo dejaré mi nombre y lo fecharé:

Carlos Caro

Al sur de Siwa, 17 de marzo de 2014

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Rojas, blancas y el juglar

Rojas, blancas y juglarVeo en mi mano un reloj de bolsillo, se ha detenido, lo agito un poco pero no responde. Pruebo la cuerda y al comprobar que no la tiene, la hago girar con cuidado, pues parece muy antiguo y frágil. Contento siento en mis dedos ese imperceptible aleteo que despierta al segundero.

Como si le hubiera dado vida lo veo recorrer su firmamento blanco lleno de horas. Me asombro cuando las manecillas lo siguen a un ritmo sin freno. Levanto la cabeza y al encontrar mis ojos en el espejo, lo olvido.

Ese yo que me mira está muy pensativo, hasta preocupado, diría. Sé que hoy puede cambiar mi vida y la de ella. Me tranquilizo al apreciar la anchura de mis hombros, el tamaño de mis  bíceps y el contorno de mi torso. Ese que protege a mis pulmones, potentes como fuelles, y a un corazón que bombea mi existencia.

Me pongo de pie y flexiono mis piernas, los muslos parecen pilares y cada uno es casi tan ancho como su cintura. Desde los doce años me entreno, primero he corrido y he levantado piedras pesadas; luego mi tutor me guio con la espada, la masa y la lanza. Combatí sin descanso con él. Durante años me apaleó a pie o sobre montura, con madera o acero. Me convirtió en una máquina guerrera de reflejos instantáneos. Me llenó la cabeza con fintas, contraataques y posturas. Dieron resultado y vencí a mil contrincantes. Aunque sin sangre, los golpeo, los domino y los aplasto bajo mi pie victorioso.

Mis días transcurrían con entrenamientos o en combates, nada supe de estudios, bailes o mujeres. Apenas las veía desde lejos, antes de perder la conciencia, borracho, durante esos banquetes que celebraban mis triunfos.

Como si una flecha hubiera atravesado mi armadura quedé sin aire y desangrado al encontrar tu figura que caminaba por los jardines. Por primera vez vencido, me rendí sin orgullo a tus pies. Te perseguí sin importarme tu desdén durante meses, no acepté negativas ni menosprecios. Mis armas eran otras y no me sirvieron las torpes palabras o los galanteos que ignoraba. Comprendí que solo mi camino te haría mía y convencí a tu padre que cediera tu mano al ganador de un torneo entre caballeros.

Me visto despacio y con precisión, mi escudero me ayuda con el batón acolchado que me protege de los golpes y, sobre él, la cota de malla. Mientras me acostumbro a su peso: reviso la armadura que llevaré y mis armas; le ordeno enojado que cambie por nuevas las plumas del yelmo. Hoy deben ser rojas y blancas como los colores de mi escudo y de ese pañuelo que te ofreceré en la punta de mi lanza al empezar la contienda. Les señalará a todos mi compromiso, les advertirá que esta será mi más fiera lucha y que solo la muerte me hará cejar. Al salir me reflejo en la plata bruñida y como si buscara algo aparto la mirada, la imagen se desvanece en mi mente y recuerdo de nuevo en mi mano aquel loco reloj que, inesperadamente, se detiene.

Despierto y parpadeo, todo el mundo onírico se aleja con desgano mientras, absorto, brillan mientras bailan las motas de polvo en ese rayo de sol que se cuela por una rendija de las cortinas. Te oigo respirar tranquila a mi lado y con un dejo de ese sueño imagino que los músculos se desinflan, los pulmones se agotan y desaparece la fuerza de los muslos.

Pobre caballero de mis sueños. ¿Y Juan, qué será de él? Soplo sobre tu cuello para poder fingir que te despertaste sola. Vamos mi dama, este pequeño y pícaro juglar quiere cantarte otro día más.

 

Carlos Caro

Paraná, 9 de marzo de 2014

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