Rojas, blancas y el juglar

Rojas, blancas y juglarVeo en mi mano un reloj de bolsillo, se ha detenido, lo agito un poco pero no responde. Pruebo la cuerda y al comprobar que no la tiene, la hago girar con cuidado, pues parece muy antiguo y frágil. Contento siento en mis dedos ese imperceptible aleteo que despierta al segundero.

Como si le hubiera dado vida lo veo recorrer su firmamento blanco lleno de horas. Me asombro cuando las manecillas lo siguen a un ritmo sin freno. Levanto la cabeza y al encontrar mis ojos en el espejo, lo olvido.

Ese yo que me mira está muy pensativo, hasta preocupado, diría. Sé que hoy puede cambiar mi vida y la de ella. Me tranquilizo al apreciar la anchura de mis hombros, el tamaño de mis  bíceps y el contorno de mi torso. Ese que protege a mis pulmones, potentes como fuelles, y a un corazón que bombea mi existencia.

Me pongo de pie y flexiono mis piernas, los muslos parecen pilares y cada uno es casi tan ancho como su cintura. Desde los doce años me entreno, primero he corrido y he levantado piedras pesadas; luego mi tutor me guio con la espada, la masa y la lanza. Combatí sin descanso con él. Durante años me apaleó a pie o sobre montura, con madera o acero. Me convirtió en una máquina guerrera de reflejos instantáneos. Me llenó la cabeza con fintas, contraataques y posturas. Dieron resultado y vencí a mil contrincantes. Aunque sin sangre, los golpeo, los domino y los aplasto bajo mi pie victorioso.

Mis días transcurrían con entrenamientos o en combates, nada supe de estudios, bailes o mujeres. Apenas las veía desde lejos, antes de perder la conciencia, borracho, durante esos banquetes que celebraban mis triunfos.

Como si una flecha hubiera atravesado mi armadura quedé sin aire y desangrado al encontrar tu figura que caminaba por los jardines. Por primera vez vencido, me rendí sin orgullo a tus pies. Te perseguí sin importarme tu desdén durante meses, no acepté negativas ni menosprecios. Mis armas eran otras y no me sirvieron las torpes palabras o los galanteos que ignoraba. Comprendí que solo mi camino te haría mía y convencí a tu padre que cediera tu mano al ganador de un torneo entre caballeros.

Me visto despacio y con precisión, mi escudero me ayuda con el batón acolchado que me protege de los golpes y, sobre él, la cota de malla. Mientras me acostumbro a su peso: reviso la armadura que llevaré y mis armas; le ordeno enojado que cambie por nuevas las plumas del yelmo. Hoy deben ser rojas y blancas como los colores de mi escudo y de ese pañuelo que te ofreceré en la punta de mi lanza al empezar la contienda. Les señalará a todos mi compromiso, les advertirá que esta será mi más fiera lucha y que solo la muerte me hará cejar. Al salir me reflejo en la plata bruñida y como si buscara algo aparto la mirada, la imagen se desvanece en mi mente y recuerdo de nuevo en mi mano aquel loco reloj que, inesperadamente, se detiene.

Despierto y parpadeo, todo el mundo onírico se aleja con desgano mientras, absorto, brillan mientras bailan las motas de polvo en ese rayo de sol que se cuela por una rendija de las cortinas. Te oigo respirar tranquila a mi lado y con un dejo de ese sueño imagino que los músculos se desinflan, los pulmones se agotan y desaparece la fuerza de los muslos.

Pobre caballero de mis sueños. ¿Y Juan, qué será de él? Soplo sobre tu cuello para poder fingir que te despertaste sola. Vamos mi dama, este pequeño y pícaro juglar quiere cantarte otro día más.

 

Carlos Caro

Paraná, 9 de marzo de 2014

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Rojas, blancas y el juglar by Carlos Caro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.Creado a partir de la obra en http://carloscarocomentarios.megustaescribir.com/.

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7 comments

  1. Un comentario con sugerencia: “Me tranquilizo al considerar la anchura de mis hombros, el tamaño de mis bíceps y el contorno del torso que protege mis pulmones, potentes como fuelles, y del corazón que bombea mi existencia.”
    En el resto se nota que te has esmerado por recortar adornos.
    Muchos besos: Sol

  2. Bonito, bonito de verdad. Me gustó sentirme obligado a volverlo a leer desde la perspectiva revelada en la última frase. También me gusto la frase del “aleteo que despierta al segundero”.
    Falta un acento en el penúltimo ‘que’.
    Un abrazo fuerte.

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