Hacia el Oasis de Siwa

Hacia SiwaBusca…desde hace milenios, negro como la muerte, la misma que busca por su instinto. Su cabeza pelada hace de cuña en el cielo y sus ojos barren decenas de kilómetros a la redonda. Sostienen su gran peso las enormes alas, aprovecha cada columna de aire ascendente y no necesita de aleteos. Casi inmóvil, maneja su vuelo con pequeños movimientos de las plumas maestras que, coronadas de blanco, parecen flamear en la punta de esas alas.

Tras un caminar difícil entre las dunas durante toda la noche, al amanecer divisé los farallones cercanos y en esta inmensidad estéril me reencuentro con la vida al ver, alto sobre el horizonte, un buitre vigilando. Luego de dos horas lo tomo como una buena señal, sigue y explora su territorio al norte, confirma lo acertado de mi dirección al oasis y, por otra parte, como estoy seguro que me ha visto, si no espera por mí, es que tengo alguna chance todavía.

El calor se hace insoportable, me tambaleo parado sobre un terreno pétreo y desparejo. Me alejo del desierto de dunas al sur, no puedo creer que se termine. Ya me quema la pared rocosa mientras busco atolondrado alguna sombra que me cobije del sol durante el día. Inesperadamente aparece una abertura, tropiezo y caigo desmayado en ella.

Despierto con mi cara sobre un suelo áspero de piedra, lentamente recupero mi cuerpo y lo obligo a recostarse más cómodo. Solo mis ojos, por ahora, revisan el lugar. En una bienvenida penumbra razono que se trata de un repliegue del farallón, al que alguien cerró construyendo una pared de piedras y dejó apenas una abertura como entrada.

Bajo una capa de fina arena reconozco una mesa, una banqueta y una informe estantería con algunas vasijas tapadas. Salto como un resorte y las empiezo a revisar frenético, me obnubila la sed. Una a una, como penas, las deshecho vacías hasta que, al borde de perder el juicio, una más pesada, al moverla, me indica que tiene líquido.

Me resiste el tapón, lo han cubierto con alguna grasa protectora y mis manos resbalan, las limpio contra mis ropas e insisto sin pausa. Me adentro en la locura. Todo el universo es ahora la lucha con el tapón. En algún tiempo de ese infinito, en silencio, aunque lo oigo como un trueno, cede al fin y, seguro de que es agua, levanto la vasija para beber. Un olor nauseabundo me lo impide y me espanta, si no estuviera deshidratado lloraría de frustración.

Con un lamento la vuelvo a apoyar y sigo explorando con desanimo. Encuentro una alfombra y un gran cuaderno como los de bitácora sobre la mesa; todo parece gris por el polvo. Me siento en la banqueta frente a él y la presencia de una pequeña lámpara de aceite me explica el contenido de la vasija. Miro la hora aunque ya el descenso de la temperatura me había avisado que se acercaba el atardecer. Me queda esperar aún unas dos horas, antes de seguir hacia el Oasis de Siwa. Está muy aislado pero, aun así, es el asentamiento conocido más antiguo de la humanidad, sus miles de palmeras llenas de dátiles y sus fuentes de agua fresca son mi esperanza. Para aprovechar la noche debería dormir pero curioso reviso el cuaderno desde atrás.

Comienza con muchas hojas escritas por diferentes manos en árabe, un galimatías que francamente no entiendo; luego sigue toda una sección en griego. Alucino y me encuentro en el refugio de un caravanero. Creo que otro perdido, un macedonio, me cuenta desde esas hojas indescifrables cómo llegó al Oasis de Siwa con el gran Alejandro. Desde la recién fundada Alejandría venía en busca del oráculo de Amón, tan importante en oriente como el de Delfos en occidente. El rey necesitaba que aquel le reconociera su origen divino y lo proclamara Faraón. Ya dios, regresó a Memphis para asumir, entonces, también la jefatura espiritual de Egipto legitimando su poder total. Al acompañarlo en ese camino, el macedonio se extravió durante una tormenta de arena y vagó hasta que lo encontró el caravanero.

Los escritos continúan nuevamente en árabe pero de pronto aparece un escrito en francés y soñando veo la fecha: cuatro de enero de mil novecientos treinta y seis. No está firmado, pero sé que lo escribió Saint Exúpery cuando luego del accidente aéreo y tras tres días de penurias, lo rescató un beduino que, seguramente, lo trajo aquí. Son como los apuntes de su Tierra de hombres.

Ya casi no veo, fabrico una pequeña mecha con un pedazo de mi camisa, uso el aceite de la vasija y la inflamo en la lámpara. Me apuro con más hojas en árabe pero ya es la hora, debo usar la noche. Busco resuelto la primera hoja en blanco para dejar también mi testimonio. Sin embargo ahora me parece un sueño y sería como un sacrilegio, de modo que solo dejaré mi nombre y lo fecharé:

Carlos Caro

Al sur de Siwa, 17 de marzo de 2014

Descargar XPS:  http://cort.as/9md2

 

 

 

 
Licencia de Creative Commons
Hacia el Oasis de Siwa by Carlos Caro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en http://carloscarocomentarios.megustaescribir.com/.

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