1/2 ensayo sobre “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” de Jorge Luis Borges

Les adjunto un link para leer el cuento en línea: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/borges/tlon_uqbar_orbis_tertius.htm

 

Mi amiga Susan oriunda de Saint George, que conoce mi manía literaria de escribir en primera persona y sólo cuentos cortos, me sugirió leer “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” de Jorge Luis Borges. El motivo que esgrimió era que reconociera otras formas de relatos en primera persona. He usado la palabra reconocer para describir de algún modo mi doble visión de un texto. Como novel escritor (el “novel” debe aplicarse sólo al corto período que llevo intentándolo) me sucede lo que García Márquez llamó “desarmar” los libros.

En realidad, mis días felices de despreocupado lector han concluido. Ha sido como abandonar la niñez y, si no me lamento, es porque que he hallado, con incredulidad, algo mejor. Quedará para otra oportunidad explicar los cambios que me generó el escribir. Baste indicar en esta ocasión que mi mente disocia la forma (la escritura) del contenido (significado, trama, intención). Antes -no puedo creer lo cercano-, mientras no tuviera gruesos errores, los escritos eran devorados a la mayor velocidad posible. Resalto la importancia de la velocidad de lectura, ya que es la piedra fundamental de la comprensión del texto. A partir de ese límite, es que nuestro intelecto va construyendo el escenario, los personajes y adentrándose en la trama en un estado límbico y atemporal.

Eso es lo que se perdió: mi lectura dividida se fija en la forma, sopesa cada recurso, las peculiaridades de puntuación y qué motivó al autor para escribir de una manera u otra. Cuanto mejor es el escrito, mejor se notan “marcas” casi imperceptibles y, me consta, hasta inconscientes. Van más allá del relato explícito, revelan sus creencias, deseos y sentimientos. Revelan el núcleo que generó al cuento y, en más de una ocasión, el resto del relato es sólo un escenario intelectual que le da forma literaria.

En resumen, soy tan tonto como me describía un viejo amigo de juventud: incapaz de mascar un chicle y caminar al mismo tiempo. Al fijarme en cómo está escrito, pierdo velocidad y atención. Por lo cual dejo de captar el contenido y debo releer, pero… como ya aprendí algo del “modus operandi” del autor, mi lectura es totalmente diferente a la primera y, con nuevos descubrimientos, debo releer una y otra vez.

A los buenos relatos los trato como a vinos finos. Los dejo madurar en cubas de biblioteca y los vuelvo a leer con asombro como si fuera la primera vez. Por supuesto, si bien apasionante, esto es una gran limitación ya que, por ahora, me acota a textos relativamente cortos. Esta larga introducción es para explicar mis observaciones de la obra mencionada.

Adentrándome en ella, no me atrevo a desentrañar el contenido. Ha sido tan interpretado, ensalzado y controvertido que sólo diría un “me parece”, que mal escondería mi ignorancia. La primera vez que lo leí hace años, francamente, me aburrió y fue olvidado sin pena ni gloria. Ahora, ha logrado el mismo efecto, mas no así su forma.

Lo primero que me llama la atención al leer “Ficciones” son los estilos diferentes entre los diversos grupos de cuentos, parecen diferentes autores o, al menos, diferentes épocas. La puntuación y las expresiones. El despliegue de idiomas y personajes históricos de diferentes materias, campean en unos y se esconden en otros.

En “Tlön…”: usa un tono coloquial, nombra a amigos y conocidos por sus verdaderos nombres. Que así haya sido publicado, demuestra el juego íntimo con sus compañeros con los que, seguramente se reía de todos nosotros, sus lectores. En este cuento usa algunos corchetes y guiones medios en lugar de comas. Recurso conocido pero, tan exacto, que resultan satíricos. He intentado reproducirlos aquí con, por supuesto, un rotundo fracaso.

Borges puebla el texto con expresiones arcaicas: onceno por onceavo, libro impreso en “octavo mayor” lo cual es un tamaño de papel pre industrial. También cita como referencia, el número de página de textos inexistentes. Usa el mismo recurso, falseando nombres, para justificar dichos, acciones o ideas. Todo para darle al relato un lustre de formalismo y rigurosidad sin el cual sus extrapolaciones filosóficas carecerían de verosimilitud.

Es tan vasto el engaño, que se permite realizarlo en varios niveles a diferentes tipos de lector: cuando indica que el sistema duodecimal es en el que 12 vale 10 y que sistema hexadecimal es en el que 60 vale 10. Veo ahora dos vertientes: el lector que lo acepta como un dato más y el que por el contrario, magnánimo, lo corrige “in mente” sustituyendo el 10 por el 1 y piensa que, bueno… al igual que todos, una minucia se le escapa a cualquiera. Pues… el autor, como un duende irónico, no deja escapar a ningún lector. Ya al final, en la nota al pie “3”, aclara que en duodecimal un siglo sería un período de ciento cuarenta y cuatro años. El primer lector quedará desconcertado y el segundo se sentirá un idiota al advertir que no había error y que los datos eran otro ardid, que Borges sabe perfectamente los fundamentos del sistema al cual pervierte descaradamente con una última sonrisa al proporcionar ese número.

Este presupone un inexistente siglo duodecimal de 120 años, los cuales a su vez, están formados por 14,4 meses cada uno. Ya que si 12 es 10 y el año “decimal” tiene 12 meses, el año “duodecimal” debe tener (por simple regla de tres) 14,4. Se llega así a la conclusión de que un siglo duodecimal tendrá 1728 meses (120×14,4). En este momento ya en la enrarecida estratósfera matemática, advierte que el resto de la humanidad usa un año de doce meses y entonces divide sus 1728 meses por 12 y es allí donde aparece el sigiloso y a la vez genial siglo de ciento cuarenta y cuatro años.

Para terminar, hago una confesión y un aviso. La primera vez debo haberlo leído alrededor de los setenta y, tanto ahora como entonces, lo leí mal. El cuento se publicó en el año mil novecientos cuarenta, tal como indica al final de la primera parte. Desde el tiempo de mis lecturas la postdata de mil novecientos cuarenta y siete fue leída como un agregado realizado en alguna edición posterior. Nada más ajeno a Borges, desde un principio fue futuro, otra vez el burlón maestro se quitó la máscara y termina realmente su cuento demostrando que ni siquiera necesita del tiempo.

Como siempre con él, quedo ambivalente: no sé si, humilde, admirar al genio o, enojado, rechazar la soberbia que esconde.

 

Carlos Caro

Paraná, 16 de abril de 2014

Descargar XPS:  http://cort.as/9md6

 

 

 
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1/2 ensayo de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” de Jorge Luis Borges by Carlos Caro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en http://carloscarocomentarios.megustaescribir.com.

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2 comments

  1. Concuerdo contigo y te agradezco me lo hayas hecho releer. Si leíste arriba, veras
    por que también, lo leí distinto. El muy “descarado”, antes del inicio del cuento ya te
    indica quien es. Por supuesto no linealmente: Asterión fue el nombre propio que le
    dio su madre, la reina Pasífae al Minotauro. Todo según la obra: Biblioteca mitológica de
    Apolodoro jajaja era temible. Un beso

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