Mes: mayo 2014

Al horizonte

Al horizonte 1DHa sido como una explosión de colores y ruidos. Me han empujado, expulsado, ¿roto? Luego, dejo de sentir mi cuerpo y solo reconozco una leve brisa, el murmullo de la gente y una extraña alarma, que resuena a peligro en mi cabeza.

Creo que me desarraigo. Nada dramático. Tan imperceptible como el estallido de una pompa de jabón. Floto, vuelo o tan solo me impulsa el viento, primero sobre los techos de la ciudad, que parecen un loco mosaico inconcluso; más arriba, me pierdo un instante al descubrir la curvatura del horizonte.

El sol, en ese cielo sin nubes, le da un lustre especial a cada cosa que miro. El río parece una serpiente infinita con su piel de inquietos espejos. Comienza en el fin del mundo, lo atraviesa en lánguidos meandros y, mientras se pierde del otro lado de aquel mismo horizonte, advierto que éste forma un casquete circular a mi alrededor. Es lo único natural que diviso. La civilización ha impuesto su cuadrícula a la naturaleza y esta aparece, obediente, con los distintos cultivos perfectamente ordenados en figuras geométricas.

Noto ahora su compañía, la presiento. Me parece que algo eclipsa el sol un instante. Pero solo es mi imaginación. El hombre la piensa negra pues no ve a través de ella. No es ni siquiera presencia, no pertenece al espacio ni al tiempo. Tampoco es puerta o umbral, solo la duda le da forma de dolor en la mente. Es la construcción maldita de nuestro individualismo que, pensando que se diluirá en la nada, rechaza fundirse en un todo.

Nunca imaginé que se me permitiría elegir. Finalmente es pregunta. No hay orden, imposición o llamada. Esa entelequia esperará mi decisión aún más allá de mi vida. Nada necesita purgarse, ni mi corazón ser pesado. Aunque no lo advierta todavía y decida o no, ya estoy inmerso en la eternidad.

Vuelvo, abro los ojos y, en lugar del mundo, veo el negro sucio del asfalto. El dolor llega como una sorpresa en una oleada que no espero y mi boca deja salir el lamento que ha nacido en mis pulmones heridos.

Veo frente a mí los faros del automóvil. Ese que al cruzar la calle, se arrojó sobre mí. El mismo del que estudié cada detalle durante horas mientras se acercaba, inevitable, en un tiempo congelado, milímetro a milímetro.

El dolor exalta mis sentidos: veo todo brillante al borde del blanco, huelo el alquitrán, el combustible y el cuero de los zapatos que me rodean. Mi tacto se ha rendido y mi cuerpo es una sola llaga que arde. Mis oídos me aturden, aunque… me aferro a la esperanza de esa sirena que se acerca.

Respiro agitado en la mascarilla de oxígeno. Ya pasó, sobreviví. Será otra vez, pienso, sin entender una inexplicable melancolía. Respondo con la mía a esa sonrisa del médico que me inyecta. El dolor desaparece, me relajo sobre la camilla y al cerrar los ojos, regreso como visita al alto horizonte.

 

Carlos Caro

Paraná, 10 de abril de 2014

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Solo testigo

Solo testigoAlgo anda mal en mi vida, pero no sé qué es. Siento desazón y lejanía, como si hubiera niebla en mi cerebro. Al pensar en ello me doy cuenta de que hace mucho que está ahí sólo que lo ignoraba y ahora entra en erupción. Tampoco sé cómo solucionarlo y, mirando la hora con apuro, lo escondo en mi subconsciente.

Se me ha hecho tarde y corro hacia el ascensor. Al cerrar la puerta, sorpresivamente, comienza a subir (alguien debe haberlo llamado). Espero contrariado y, cuando se detiene frente a Doña Margarita, le abro la puerta y la saludo con un aburrido gesto de la cabeza. Definitivamente el día ha comenzado mal: detrás de ella, se cuela ese impertinente inquilino nuevo con su perro chihuahua. Mientras bajamos, el silencio que podría haber sido anónimamente profundo, es taladrado por sus rítmicos ladridos. Tiene el tono agudo exacto como para dejarme al borde de la locura homicida apenas un momento antes de llegar a la planta baja.

Mientras me sumerjo aliviado en el cacofónico ruido callejero, me prometo quejarme al administrador del edificio: está prohibido tener animales. En la esquina espero el verde del semáforo para cruzar y, cuando lo hago, un alien con casco y moto cruza en rojo sin reparos. Lo miro con ofendido asombro que se transforma en rojo furia cuando un agente de tránsito se hace el distraído y ni siquiera hace sonar su silbato. Hago una tilde mental en la sección reclamos de mi memoria para recordar llamar al departamento de tránsito.

Ni desayunar he podido. Entro corriendo al edificio de oficinas — ¡Esperen con el ascensor!— exclamo con tono suplicante al ver cerrarse las puertas. Siento un hervor detrás de mis ojos cuando ignorándome se cierran de todas formas delante de mi propia nariz. Soy una pieza más de la maquinaria empresarial y nadie repara en mí. Nadie excepto mi jefe que, lógicamente, me reprende. Lo dicho: hoy no es mí día.

Me acomodo (incómodo) en mi cubículo destechado y como siempre, me aliena esa ilusión de intimidad que me dan los paneles en medio de la multitud de compañeros. Esos que por no ver, son tan extraños. En medio de la rutina, para distraerme, mastico y degluto todas las malas noticias que me traen sin fin la red y los informativos. Me las traen cada minuto de cada hora y cada hora que pueda dedicarles, siempre con algún nuevo detalle actualizado.

Almuerzo intrascendente: comida chatarra disfrazada de delicadeza oriental. Otra tilde mental, pero ahora en la sección evasión de impuestos. He tenido que pedir por el dueño para que apareciera, como por arte de magia, mi omitido recibo de pago.

Nuevamente la maquinaria: tic, aburrida; tac, aburrida. Las cinco y fuga en tropel. Corro; no de alegría sino por la lluvia (no anunciada) mientras pienso en mi paraguas que, seguramente, sonríe burlón junto a la puerta de casa. Veo un descarado sol radiante en el pronóstico del tiempo de mi celular. No comprendo cómo logra convencerme día tras día. Debe ser porque es digital, tal es su leyenda de infalible, que eso lo exculpa. Si fuera persona, con solo la décima parte de sus mentiras, lo hubiera apartado. Esta noche desinstalaré la aplicación.

Llego… chihuahua presentido, pero no. Ducha caliente y comida congelada. Microondas y cena desabrida. Paz… tranquilidad. Me asomo al balcón con un cielo estrellado y ya sin nubes para reencontrarme después del ajetreo. Y de nuevo aflora mi malestar matutino.

Alguien tiene que hacer algo, hay que cambiar las cosas. Esto así no va más. En medio de esta hecatombe económica, el olvidado muro de Berlín renace agigantado en Gaza y en la frontera sur de los EE.UU. También Europa se blinda con un escudo de agua donde se estrella y ahoga África. Los amigos se espían y los viejos enemigos, cansados de su paz, en el colmo de la demencia, ahora reeditan la guerra fría. La culpa la tiene el Grupo de los 8 que ya son 7, o quizás: el Grupo de los 20, de los 70 o los desagrupados. Seguramente el sistema y las instituciones mundiales pero también el gobierno (siempre) y, atención, incluso los privados, los bancos y por ejemplo mi jefe. Al imaginarlo en una reunión del FMI, sé que ese poco de vino me ha hecho mal y me voy a acostar.

Dejo, inconsciente y acostumbrado, el mundo en manos de otros y, mientras me desvisto, olvido citarme con el administrador del edificio. Cuando abro la cama: el sueño borra la tilde mental del departamento de tránsito. Acomodado y leyendo, se diluye la otra tilde, la de evasión de impuestos. Antes de apagar la luz preparo el celular como despertador; ya no tengo fuerzas ni para desinstalar ese falsario pronóstico del clima. Increíblemente me muestra una surrealista nevada de verano que, horrorizado, le creo. En ese instante, sé con toda certeza quién es el culpable. En la oscuridad, a solas con mi conciencia reconozco que mientras mire mi ombligo y sea solo testigo, nada cambiará.

Mañana…mañana…mañana…

Mañana…mañan.

 

Carlos Caro

Paraná, 6 de mayo de 2014

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Agua

aguaEl viento me lastima, usa como arma tus gotas. Empapado, aún con el equipo impermeable puesto, me golpea con su retumbar el trueno. Con la mano defiendo mis ojos y estoy pendiente de cada relámpago de ese cielo donde, titánicas, luchan las nubes grises, lo espero con desespero. Perdida toda orientación, necesito saber desde dónde me buscan tus enormes olas, pues debo enfrentarlas con la proa y a toda potencia para que no me traguen.

No lo logré, me agoté durante horas girando loco el timón y sin darme cuenta, en un instante, me invadiste traicionera. Me aferro a un madero y juntos somos un juguete de tus olas, vino la noche y se fue, lo comprendo ahora mirando el amanecer mecido por tu superficie tranquila que te devuelve a mis pensamientos.

Agua clara, agua limpia, dulce o salada. Caes en torrentes, cataratas y lluvias. Subís como vapor y en nubes esperas paciente volver. Estás, generosa, en todas las formas de vida de este planeta, la flora y la fauna te reconocen como su origen y compañera. Te reciclas permanentemente a través de ellas, bebida por bocas o por raíces, has visitado cada célula durante millones de años. Tu presencia tan vasta ha transformando en azul la vista de la Tierra

Entiendo entonces la ansiedad de tus ríos, de tus lagos y de tus nieves. Es tu instinto de madre que intenta proteger a esa tierra seca y estéril de la que el mundo mineral te separó cuando ambos eran jóvenes. Ahora sé que antes de nacer ya me enamoré de vos en la bolsa materna.

Siguiendo mi sino de hombre, permanentemente me atraías. Cuántas veces disfruté de tu risa asordinada mientras como torrente jugabas con cada piedra o sorteabas las rocas y alegre seguías como espuma. Nunca me perdía tus lluvias, siempre dejé que tus gotas besaran mi rostro y abriendo la boca te bebía como un premio celeste. Te usé sin descanso, con la vergüenza de domarte, en canillas, mangueras y caños.

Cuando te conocí como mar me supe perdido. Ese horizonte infinito, tu superficie cambiante y la magia de las olas que, desde entonces rolan en mi mente como un murmullo siempre distinto, fueron el canto de sirenas que con su locura me hicieron buscarte.

Me hice remero, pescador y grumete. Entretejí mi existencia con tu soledad. La tierra tan tiesa y la humanidad distraída se esfumaban, se perdían en la distancia igual que se pierde lejana la costa.

Mercante al fin, perseguí tu horizonte, recorrí los océanos y con asombro conocí algunas de tus innumerables facetas. Huyendo de cada puerto que tocaba, perdía horas apoyado sobre el barandal de la cubierta y mis ojos con obsesión te aprendían.

A veces me divertían los delfines, que juguetones e incansables nos acompañaban durante días. Otras, eran los peces voladores que me maravillaban batiendo febriles sus aletas en cada salto. Vuelvo a ver, reverente, emerger a las ballenas, el tiempo transcurre más lento y el enorme animal sigue elevándose. Parece ya que su altura no tendrá límites y entonces se congela allá arriba. Como si lo talaran cae, el agua crece a su alrededor y en un hueco profundo lo vuelve a cubrir. Parece agradecer los aplausos por el espectáculo, su gran cola se inclina y nos despide feliz.

Recuerdo curioso de día e intranquilo de noche las extensiones de témpanos. Recuerdo sus mil formas distintas y como admiré tu arte de escultora. Como líquido has tallado incansable a tu hielo produciendo formas que la mente ni siquiera puede imaginar. Pero que, sin embargo, por ser tus hijos las reconocemos en nuestros sueños. Con el frío que cala hasta mis huesos y me abate, mi locura olvida y perdona tu furia.

Me acunas como al principio. Mis dedos congelados se sueltan, ya estás en mis pulmones inertes, me hago pesado y me hundo. La luz va menguando lejos y me entrego por fin a tus brazos.

¿Será tu rostro el de mis sueños…?

 

Carlos Caro

Paraná, 03 de marzo de 2014

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Un trueno lejano

un trueno lejano2Todo había sido preanunciado y, sin embargo, tantas fueron las desilusiones y frustraciones que habían signado mi vida que la duda me acosaba. Fueron meses de no querer prepararme, de evitar la esperanza, de apartar la mirada para no ver cada nuevo amanecer. Meses veloces, semanas cortas y días que se perdieron sin darme cuenta, enzarzado en el trabajo.

Esta semana ha sido, al fin, distinta. El destino parece cumplir su compromiso y como un huracán se me echa encima. El corazón late desbocado y mis nervios están a flor de piel. Mis ojos desvarían, creen ver hasta el ultravioleta y mis pasos no cesan: me agotan recorriendo los mismos caminos una y otra vez.

Ayer me dormí ansioso. Me volví y me revolví de un lado al otro de la cama. La presentía nebulosa y mis sueños se elevaban a su encuentro. Cansado de descansar, en cuanto amaneció, abrí las cortinas y, loco, la busqué en el cielo del norte pensando que volaba hacia mí.

Con desilusión, me sonreí para esconder mi anhelo bajo una máscara de normalidad. Dejé pasar horas que parecieron pocos minutos y el cielo se tornó celeste. Sin nubes, la sentí en ese trueno lejano. Tan lejano que, en mi realidad, todavía no existía. La distancia de ese choque de nubes y el retumbar que provoca en mi cuerpo me alerta y me impulsa a la danza del día.

Otra vez el tiempo se disloca y me reencuentro con sorpresa mirando por la ventana del frente. Amnésico hago inventario: al tocar mi cara afeitada supongo que lo hice al levantarme, me noto vestido pero solo recuerdo haberlo hecho ayer. No tengo apetito, es extraño, pero esas migas sobre el pantalón me lo explican y me traen el sabor de las tostadas desde un inasible pasado. Mi mano sobre el teclado me señala un tedioso texto en la pantalla y, con indignación, pienso quién se ha atrevido a usarla para tal mamarracho. Miro alrededor con bochorno, al reconocer uno de mis cuentos, tan aburrido, que hasta perdió mi atención.

Miro el reloj con angustia, mi sumisión no le basta pues sus manecillas no se han movido. Busco con desespero al sol y cuando lo encuentro tan alto, recupero feliz esas horas que me faltaban. Condeno a la pila del reloj por su abandono y la arrojo al cubo de la basura. La brisa agita los árboles y me torna frenético. Ya la siento, me hormiguea la piel y, como un sabueso, la olfateo en el aire. No me puedo estar quieto y mis pies, hartos de mi incertidumbre, me echan de todos lados.

Por fin, se levanta sobre el horizonte y oscurece el día. La tormenta viene. Más grande, llena de nuevas voces y truenos. Pienso ambivalente los destrozos y los renacimientos que traerá su paso. Ya está en mi puerta, la golpea y la agita con una energía sin límites. Decido enfrentarla, corro y abro sin aliento. Es tanta su potencia y tanto lo que representa que, reverente, me arrodillo a su altura y me entrego.

Todo el alboroto se detiene, el sol brilla, el viento no ruge ni la gente se esconde despavorida. Me reduzco a casi nada pues soy mi cuello que abrazan sus pequeños brazos y mis mejillas que reconocen sus besos de ángel. Me saluda como a su oso de peluche, el que olvidó ayer sobre su cama distante. Todo es tan simple y aun así, otra vez, cambia mi destino.

 

Carlos Caro

Paraná, 30 de abril de 2014

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