Solo testigo

Solo testigoAlgo anda mal en mi vida, pero no sé qué es. Siento desazón y lejanía, como si hubiera niebla en mi cerebro. Al pensar en ello me doy cuenta de que hace mucho que está ahí sólo que lo ignoraba y ahora entra en erupción. Tampoco sé cómo solucionarlo y, mirando la hora con apuro, lo escondo en mi subconsciente.

Se me ha hecho tarde y corro hacia el ascensor. Al cerrar la puerta, sorpresivamente, comienza a subir (alguien debe haberlo llamado). Espero contrariado y, cuando se detiene frente a Doña Margarita, le abro la puerta y la saludo con un aburrido gesto de la cabeza. Definitivamente el día ha comenzado mal: detrás de ella, se cuela ese impertinente inquilino nuevo con su perro chihuahua. Mientras bajamos, el silencio que podría haber sido anónimamente profundo, es taladrado por sus rítmicos ladridos. Tiene el tono agudo exacto como para dejarme al borde de la locura homicida apenas un momento antes de llegar a la planta baja.

Mientras me sumerjo aliviado en el cacofónico ruido callejero, me prometo quejarme al administrador del edificio: está prohibido tener animales. En la esquina espero el verde del semáforo para cruzar y, cuando lo hago, un alien con casco y moto cruza en rojo sin reparos. Lo miro con ofendido asombro que se transforma en rojo furia cuando un agente de tránsito se hace el distraído y ni siquiera hace sonar su silbato. Hago una tilde mental en la sección reclamos de mi memoria para recordar llamar al departamento de tránsito.

Ni desayunar he podido. Entro corriendo al edificio de oficinas — ¡Esperen con el ascensor!— exclamo con tono suplicante al ver cerrarse las puertas. Siento un hervor detrás de mis ojos cuando ignorándome se cierran de todas formas delante de mi propia nariz. Soy una pieza más de la maquinaria empresarial y nadie repara en mí. Nadie excepto mi jefe que, lógicamente, me reprende. Lo dicho: hoy no es mí día.

Me acomodo (incómodo) en mi cubículo destechado y como siempre, me aliena esa ilusión de intimidad que me dan los paneles en medio de la multitud de compañeros. Esos que por no ver, son tan extraños. En medio de la rutina, para distraerme, mastico y degluto todas las malas noticias que me traen sin fin la red y los informativos. Me las traen cada minuto de cada hora y cada hora que pueda dedicarles, siempre con algún nuevo detalle actualizado.

Almuerzo intrascendente: comida chatarra disfrazada de delicadeza oriental. Otra tilde mental, pero ahora en la sección evasión de impuestos. He tenido que pedir por el dueño para que apareciera, como por arte de magia, mi omitido recibo de pago.

Nuevamente la maquinaria: tic, aburrida; tac, aburrida. Las cinco y fuga en tropel. Corro; no de alegría sino por la lluvia (no anunciada) mientras pienso en mi paraguas que, seguramente, sonríe burlón junto a la puerta de casa. Veo un descarado sol radiante en el pronóstico del tiempo de mi celular. No comprendo cómo logra convencerme día tras día. Debe ser porque es digital, tal es su leyenda de infalible, que eso lo exculpa. Si fuera persona, con solo la décima parte de sus mentiras, lo hubiera apartado. Esta noche desinstalaré la aplicación.

Llego… chihuahua presentido, pero no. Ducha caliente y comida congelada. Microondas y cena desabrida. Paz… tranquilidad. Me asomo al balcón con un cielo estrellado y ya sin nubes para reencontrarme después del ajetreo. Y de nuevo aflora mi malestar matutino.

Alguien tiene que hacer algo, hay que cambiar las cosas. Esto así no va más. En medio de esta hecatombe económica, el olvidado muro de Berlín renace agigantado en Gaza y en la frontera sur de los EE.UU. También Europa se blinda con un escudo de agua donde se estrella y ahoga África. Los amigos se espían y los viejos enemigos, cansados de su paz, en el colmo de la demencia, ahora reeditan la guerra fría. La culpa la tiene el Grupo de los 8 que ya son 7, o quizás: el Grupo de los 20, de los 70 o los desagrupados. Seguramente el sistema y las instituciones mundiales pero también el gobierno (siempre) y, atención, incluso los privados, los bancos y por ejemplo mi jefe. Al imaginarlo en una reunión del FMI, sé que ese poco de vino me ha hecho mal y me voy a acostar.

Dejo, inconsciente y acostumbrado, el mundo en manos de otros y, mientras me desvisto, olvido citarme con el administrador del edificio. Cuando abro la cama: el sueño borra la tilde mental del departamento de tránsito. Acomodado y leyendo, se diluye la otra tilde, la de evasión de impuestos. Antes de apagar la luz preparo el celular como despertador; ya no tengo fuerzas ni para desinstalar ese falsario pronóstico del clima. Increíblemente me muestra una surrealista nevada de verano que, horrorizado, le creo. En ese instante, sé con toda certeza quién es el culpable. En la oscuridad, a solas con mi conciencia reconozco que mientras mire mi ombligo y sea solo testigo, nada cambiará.

Mañana…mañana…mañana…

Mañana…mañan.

 

Carlos Caro

Paraná, 6 de mayo de 2014

Descargar XPS: http://cort.as/9emO

 

 

 
Licencia de Creative Commons
Solo testigo by Carlos Caro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en http://carloscarocomentarios.megustaescribir.com.

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4 comments

  1. Texto intenso que pone en tela de jucio la cordura de nuestra existencia diaria y nuestras expectativas de rebelión. Me ha gustado leerte y releerte. Un gran beso.

  2. Hoy te dejo una cita, creo que te gustará: “Everybody talks about wanting to change things and help and fix, but ultimately all you can do is fix yourself. And that’s a lot. Because if you can fix yourself, it has a ripple effect. Rob Reiner.”
    Besos: Sol.

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