Al horizonte

Al horizonte 1DHa sido como una explosión de colores y ruidos. Me han empujado, expulsado, ¿roto? Luego, dejo de sentir mi cuerpo y solo reconozco una leve brisa, el murmullo de la gente y una extraña alarma, que resuena a peligro en mi cabeza.

Creo que me desarraigo. Nada dramático. Tan imperceptible como el estallido de una pompa de jabón. Floto, vuelo o tan solo me impulsa el viento, primero sobre los techos de la ciudad, que parecen un loco mosaico inconcluso; más arriba, me pierdo un instante al descubrir la curvatura del horizonte.

El sol, en ese cielo sin nubes, le da un lustre especial a cada cosa que miro. El río parece una serpiente infinita con su piel de inquietos espejos. Comienza en el fin del mundo, lo atraviesa en lánguidos meandros y, mientras se pierde del otro lado de aquel mismo horizonte, advierto que éste forma un casquete circular a mi alrededor. Es lo único natural que diviso. La civilización ha impuesto su cuadrícula a la naturaleza y esta aparece, obediente, con los distintos cultivos perfectamente ordenados en figuras geométricas.

Noto ahora su compañía, la presiento. Me parece que algo eclipsa el sol un instante. Pero solo es mi imaginación. El hombre la piensa negra pues no ve a través de ella. No es ni siquiera presencia, no pertenece al espacio ni al tiempo. Tampoco es puerta o umbral, solo la duda le da forma de dolor en la mente. Es la construcción maldita de nuestro individualismo que, pensando que se diluirá en la nada, rechaza fundirse en un todo.

Nunca imaginé que se me permitiría elegir. Finalmente es pregunta. No hay orden, imposición o llamada. Esa entelequia esperará mi decisión aún más allá de mi vida. Nada necesita purgarse, ni mi corazón ser pesado. Aunque no lo advierta todavía y decida o no, ya estoy inmerso en la eternidad.

Vuelvo, abro los ojos y, en lugar del mundo, veo el negro sucio del asfalto. El dolor llega como una sorpresa en una oleada que no espero y mi boca deja salir el lamento que ha nacido en mis pulmones heridos.

Veo frente a mí los faros del automóvil. Ese que al cruzar la calle, se arrojó sobre mí. El mismo del que estudié cada detalle durante horas mientras se acercaba, inevitable, en un tiempo congelado, milímetro a milímetro.

El dolor exalta mis sentidos: veo todo brillante al borde del blanco, huelo el alquitrán, el combustible y el cuero de los zapatos que me rodean. Mi tacto se ha rendido y mi cuerpo es una sola llaga que arde. Mis oídos me aturden, aunque… me aferro a la esperanza de esa sirena que se acerca.

Respiro agitado en la mascarilla de oxígeno. Ya pasó, sobreviví. Será otra vez, pienso, sin entender una inexplicable melancolía. Respondo con la mía a esa sonrisa del médico que me inyecta. El dolor desaparece, me relajo sobre la camilla y al cerrar los ojos, regreso como visita al alto horizonte.

 

Carlos Caro

Paraná, 10 de abril de 2014

Descargar XPS: http://cort.as/9ec8

 
Licencia de Creative Commons
Al horizonte by Carlos Caro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en http://carloscarocomentarios.megustaescribir.com.

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