Mes: junio 2014

Quiero pintar

Quiero pintar 2Hoy he discutido con mi narrador. Le he dejado bien en claro que merecía un respiro. Que su dominio ya era excesivo y…

En ese instante, en un ataque sorpresivo, salió el anarquista: —Sí señor, yo apoyo. No puede ser que en el siglo XXI tengamos que soportar esta esclavitud. Que cada personaje pueda hacer lo que desee. Como lógica reacción apareció Schmidt y nos explicó a los presentes, con ese tono suyo tan teutón, que como los lectores solo conocían parte de la libertad (una pequeña parte) no entenderían tal dislate. Al notar que la bataola iba in crescendo, le hice un guiño cómplice al narrador y esperamos que el autor, sencillamente, diera vuelta la hoja.

¡Aaah…! Como había comenzado a explicar, le recordé al narrador que estuve soportando sentimientos extremos. Me hizo pasar de la emoción de un bello amanecer al más negro dolor de perder a alguien querido. Una vez tras otra, de arriba para abajo y vuelta a empezar. Para contestarme, el narrador me mandó al Viejo Profeta.

—No, no, no— dije—. No me vas a convencer con esa apariencia. Desde ya te advierto que no aceptaré ni al cura ni al policía. Mucho menos a un abogado o a un político.

El muy tramposo me sorprende, hasta dejo de respirar: Julia abre la puerta y entra sonriendo a la habitación.

Julia…, mi Julia ideal. Esa que amo, que amé y que querré aún más allá de la vida. Nos sentamos a la mesa y toma mi mano. Ya estoy por perderme en sus ojos cuando, chocante, oigo su voz como masculina.

—Sí, soy el narrador. O dejás de hacer sonseras o empiezo a narrar en tercera persona y te transformo en robot.

—No, no me expresé bien— ruego con una sensación de frío en la espalda.

Me interrumpe— Por otra parte. Eso lo dispone el autor.

— ¡Ups! — siento que con el narrador estamos en la misma jaula.

—Vamos, no exageremos, yo lo único que pido es algo sencillo, que no me produzca desgaste. Por ejemplo pintar.

Desde una ubicua estratósfera me llega a dúo un reverberante y profundo:

— ¡Sea!

Es una celda monástica, apenas cabe el jergón, una angosta mesa y un banco. Detrás tengo la puerta, esa que no he visto, pero que sé de madera rústica y con una cerradura de hierro oxidado del siglo XVII o XVIII. Por delante hay una ventana cuya visión es la que ha provocado todo esto. De forma ojival, dos veces más alta que ancha, está colocada sobre el lado exterior de una pared de casi un metro de espesor. A ese túnel que han formado lo han ampliado hasta la cara interna, de modo que la ventana parece estar en perspectiva. Deja pasar una luz anónima. No sé si de vidrio sucio u otro material que, aunque translúcido, impide ver las formas.

Esta habitación es lo que hay que pintar. Una pequeña celda oscura que da a un túnel ojival mucho más claro y que se va angostando hacia una ventana gris. Sin embargo, ese gris es caliente y brilla, recuerda al sol y todos pueden sentir conmigo que, aunque pequeña esa abertura nos ilumina. Vemos nuestras manos salir de la oscuridad y en nuestras palmas hay milagros. Las paredes son reales y nos contienen, pero aun así, adivinamos el cielo azul con algunas nubes. Si prestamos atención aparecen los sonidos. Siempre estuvieron aquí, en ese mundo alternativo que existe ignorado por lo urgente o lo debido.

Así, en este momento, elijo un naranja para las paredes y un amarrillo lleno de luz para el túnel de la ventana.

¿Celeste claro y blanco? ¿Verde musgo y verde agua?

¿…?

 

Carlos Caro

Paraná, 2 de junio de 2014

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Quiero pintar by Carlos Caro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en http://carloscarocomentarios.megustaescribir.com.

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La parábola del río

La parabola del río

Hace unos días… (¿O semanas?), mientras caminábamos con el pastor hacia la plaza, le comenté que había hecho algunas correlaciones metafísicas. Se detuvo y, volviéndose, me estudió con esa mirada oscura y profunda. Temí lo peor pero, sin más, enderezó la cabeza y siguió adelante.

Al llegar a la plaza, buscamos un banco tranquilo y a la sombra -todavía apretaba el calor-. Al sentarme, noté que dudaba. Quise arrepentirme de mis apresuradas palabras pero, después de varias vueltas y vacilaciones, se sentó a mi lado. Sentí que con ello me daba permiso y seguí: —He hecho algunas reflexiones y para que se entiendan mejor, les he dado forma de parábola—. Me detuve para esperar su reacción. Solo miraba al frente abstraído, así que retomé: —Pueden servir para guiar a alguna oveja extraviada, la llamé “La parábola del río” y dice así:

“Las corrientes se forman de distintas maneras. Algunas como el arroyo, son solo un hilo de agua que juega en la alta montaña y, con apuro, alisa las piedras de su lecho. Hay veces que encuentra con sorpresa un curso diferente, ese que en lugar de agua rápida es lento meandro de llanura. Ambos se reconocen y entre aguas veloces e inundaciones se formará un río.

A veces tendrá un fluir tranquilo y otras se encrespará con olas inquietas, pero atravesará todo lo que se interponga en su camino hacia el mar. Recorrerá distintas regiones: tupidas selvas, herbosas planicies y enajenadas ciudades.

El río es más sabio que el hombre, no se seca a medida que pasa. Cuando por fin se derrama en el mar sabe que solo sigue su camino. No desaparece sino que, junto a otras incontables gotas, ha crecido a océano infinito. No se deja engañar por la ilusión del tiempo. Él se sabe arroyo y meandro y a la vez: río, mar y océano. En cada momento sabe que no es sucesivo sino simultáneo.

Ese paradójico fluir y ser todo a la vez, es el ejemplo que pueden tomar las almas que vacilan. Ver más allá de sus cauces, ver que las montañas o el meandro no fueron principio y que el mar no es final. Sacudirse de la mente la mentira del reloj y entonces, en una calma como ninguna, comprender apenas que siempre fueron, que siempre son y que siempre serán. Y entender sin entender también, que son más que el río. Que con él comparten la limitación de la materia pero que, si para el río es definitiva, para el alma es un mero instante de su eternidad.”

—Se entiende la relación ¿No? — pregunté entre temeroso y avergonzado. Él debe haberlo advertido y con dos estruendosos ladridos se echó a jugar sobre mí — ¡Nerón! ¡Basta!, aunque seas pastor alemán o perro policía no se te puede dar confianza. Vamos, volvamos a casa. No sabés apreciar a un libre pensador.

 

Carlos Caro

Paraná, 2 de mayo de 2014

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Noche de Box: Tercera Vs. Primera

Noche de BoxHay veces en que, como los astros celestes, varias personas a mí alrededor se ordenan en una misma idea. Para este caso, porfiadas, insisten en que debo abandonar, aunque sea momentáneamente, mi manía de escribir en primera persona. Parecen indicar que (taimadas eluden decirlo), si no domino la tercera persona (o sea: el narrador debe esclavizar uno o más personajes) no seré nadie.

Como me creo “un alguien”, me he cansado de explicar que yo solo me divierto. No pretendo escalar nada, con aprender me conformo. El objeto principal de mis cuentos no es contar un relato. Es: entrelazado en ese relato, compartir emociones, sentimientos y creencias. Repito el “compartir”, ya que lo que me impulsa es la maravilla de escribir con mis sentimientos y ser leído con los sentimientos del lector. Creo que eso lo logro mejor en primera persona, donde me expreso tanto a través el narrador como de los personajes; todos en uno y sin maquillaje. En tercera persona me siento alejado… testigo, le sucede a otro.

Pero…, para no ser acusado de cabeza dura, he preparado el siguiente “combate”. He escrito dos cuentos similares, el primero en tercera persona y el segundo, en primera persona. No son el pasaje simple de una persona a otra, son “similares”. Cada uno existe por sí mismo. Espero que luego de leerlos y si me lo comentan podremos zanjar la cuestión.

Como los dos cuentos se hacen largos, romperé otra vieja costumbre y les coloco antes, aquí, el enlace de descarga de los dos juntos: http://cort.as/B5qP

 

Sujeto 23

El sujeto 23 aparecía extrañamente quieto bajo la manta y apretado sobre el estrecho sofá. Sus ojos, que alucinaban, enrojecidos, contrastaban con la palidez de su rostro; estaban fijos en el techo. Los telesensores que indicaban su salud mostraban, planos, su brusco deterioro. Estaba casi muerto.

Aún aturdido, con la mano sobre el botón de alarma, Luis no lo podía creer. Por los monitores vio entrar a los paramédicos en la habitación. Sintió una chispa de esperanza que se apagó al instante, cuando destaparon el cuerpo. El sujeto 23, con un lápiz clavado por propia mano en la cara interior del muslo, hacía suponer que la arteria femoral había sido dañada y yacía en un charco de sangre que inundaba el tapizado.

Como supervisor, ya nada tenía que hacer allí. Le pareció ser veinte años mayor y, con un imaginario reuma, se dirigió arrastrando los pies a la cafetería del instituto. No sabía la hora, pero seguro que era temprano por lo solitario del lugar. En ese momento fue un alivio, no tenía ganas de hablar con nadie.  Hizo la llamada prometida por el celular, se sirvió un humeante café (con mucha azúcar, necesitaba energía), se sentó casi al fondo a meditar y perdió su mirada en la puerta doble de la entrada. Esa desde la que le llegarían inexplicables las respuestas.

Solo hacían veinte…, veintiún…, días que se había presentado para el empleo. Parecía una buena oportunidad. Pedían los estudios básicos, algunos conocimientos de enfermería, turnos rotativos y disposición horaria. La retribución era excelente y el único inconveniente era que duraba un único mes. Le sorprendió, al otro día, estar sentado en una sala con los otros seleccionados. En esa anónima y aséptica reunión les explicaron que serían los supervisores de un experimento aplicado a personas comunes.

El cliente necesitaba, para algunas tareas especiales, que las personas designadas pudieran permanecer despiertas hasta trece días consecutivos. La empresa, a partir de recursos físicos y químicos creía poder lograrlo, de modo que a partir de mañana se turnarían en la observación de varios sujetos. Leyó en los ojos de los demás su misma sorpresa y se preguntó si trece días que, le sonaban pocos, no serían demasiados.

Su lugar de trabajo resultó un salón mediano, especialmente cerrado (con tarjeta y clave de entrada) y perpetuamente iluminado por luces frías. Frente a un cómodo sillón se alineaban arriba cuatro monitores de televisión y más abajo un número mayor de pantallas que respondían a distintos sensores biométricos. Si bien todo se grababa, analizaba y archivaba, él debía vigilar, anotar y alertar de cualquier detalle que le pareciera extraordinario.

Sus sujetos eran el 22 y el 23. Se alojaban en grandes suites con un astutamente corto sofá, un televisor, un escritorio con computadora y un baño completo. Una de las habitaciones en verde manzana y la otra en rosa salmón; se iluminaban a través de una gran ventana de día y varios artefactos de luz por la noche. Más tarde, recordó que, durante un día nublado, charlando en la cafetería, habían llegado a la conclusión de que las ventanas eran en realidad pantallas que reproducían un único y mismo jardín soleado, día tras día.

Al sujeto se le hacía un examen completo y se le administraban medicamentos antes de cada comida. La podía elegir de un exquisito menú que estaba junto al teléfono y por ello al principio los envidió mientras comía su mísero sándwich. Todo transcurría con normalidad y hasta se aburrió. Aunque los sujetos mostraron un nerviosismo creciente, no se asustó hasta la cuarta noche.

Al 22 lo despertaron con potentes flashes de luz que saturaron los monitores y lo dejaron, incluso a él, su vigilante, ciego por largos minutos. La noche siguiente casi le dio un paro cardíaco al escuchar las estridentes bocinas con que mantenían despierto al 23. Estaba tan nervioso como los observados que, caminaban como enjaulados, hablaban solos y tenían movimientos espasmódicos e involuntarios. Cuando el 22 abandonó el programa y al 23 lo comenzaron a inyectar cada pocas horas, se convenció de que lo torturaban.

Enojado y a la vez temeroso, pidió enseguida hablar con el director. La entrevista terminó con una palmada sobre su espalda y la promesa de filtrar la luz y el sonido para que a él no lo alteraran tanto. Le explicaron también que el compromiso mutuo entre la empresa y los sujetos era por solo los primeros cinco días. A partir de allí, por cada día que estos decidieran seguir, se les duplicaba el dinero percibido hasta el momento. Por seguridad, no solamente firmaba el interesado, sino también su representante -en el caso del 23, su esposa- según le mostró al pasar en el documento de esa mañana.

Al día siguiente, su único escrutado comenzó a golpear las paredes con la cabeza. Luis llamó alarmado a los enfermeros. Estos irrumpieron en la habitación del sujeto para detenerlo, pero tras una corta charla lo dejaron, apenas, con una curación superficial. Extrañado, Luis, les preguntó por qué y ellos le respondieron que no siguieron actuando pues el 23, lo había hecho para no dormirse y prometió no intentarlo de nuevo. Esa contestación le pareció a Luis el colmo, una locura o extravío.

Juana Inés Burdeos. Comenzó a buscarla en la guía telefónica. Todavía recordaba el nombre que figuraba en la autorización, junto a un anónimo Pedro. Tras varios intentos, una voz vacía y cansada se dio por encontrada. Luis, le contó quién era y lo que hacía. Le pidió reunirse cuanto antes con ella. Debía conocer algunas cosas que seguramente ignoraba.

La Sra. Burdeos lo hizo pasar a la cocina, le explicó que el comedor estaba ocupado por su hijo Pablo, gravemente enfermo del hígado. Expresándole su apoyo, Luis, le transmitió su culpa de verdugo inocente. Le reveló su sospecha de que su marido hubiera perdido la cordura, de que sufría un calvario inmerecido del que ella nada sabía. Las manos que estrujaban el pañuelo y esos surcos de lágrimas ya secos, todo en un silencio inmóvil y repetido, lo abofetearon con la verdad. Lo sabía. Sin mirarlo a los ojos y como rezando, fue pasando las cuentas de su rosario de dolores. Pablo, era ya adulto, de gran talla y estaba en estado terminal. Solamente podía salvarlo un trasplante urgente e ilegal cuyo costo era inaccesible.

Esa era la razón por la que el sujeto 23, Pedro, aguantara cualquier tormento. Duraría lo necesario para poder salvar a su hijo. Al despedirlo sin agradecimiento, le hizo prometer que cuando él notara que Pedro, de una u otra forma, terminara su cometido la llamaría de inmediato.

 

……….

Una mano empuja insegura la puerta. Se asoma un rostro buscando. Es la Sra. Burdeos. Avanza lento y se sienta enfrente. Luis la mira con pesar y disgusto; piensa que se podría haber evitado. Sin embargo, cuando ella le habla, sus sentimientos se transforman en amargas cenizas que secan su boca.

—No le dije todo. No sólo faltaba el dinero. No podíamos esperar por un donante compatible y por su tamaño, a Pablo tampoco le alcanza con un donante vivo. Gracias a su aviso, Pedro, ahora sí le sirve.

Descargar solo “Sujeto 23”: http://cort.as/B6A6

 

El 23, Pedro

        Agotado por los nervios y con los ojos velados por el sueño termino de subir el segundo tramo de escaleras. Mis dedos teclean automáticos la clave de entrada y me sobresalto con un inesperado dolor en mi hombro al golpear contra la puerta que, impávida, permanece cerrada. Estoy por marcar de nuevo cuando, aún solo, me sonrojo de vergüenza: he olvidado pasar la tarjeta magnética.

Todavía colorado lo saludo, lo reemplazo y despido a Manuel en un holadiós apurado. Mientras me acomodo le pego un vistazo a todas las pantallas y monitores. Todo se ve bien, pero algo en mi cerebro me deja una sensación perturbadora. Lo que gano aquí está muy bien, pero ser el vigilante carcelario de una moderna inquisición que, para experimentar, impide dormir a sus sujetos de estudio; me tiene muy angustiado.

Con una mueca de auto conmiseración, veo en su suite al “condenado”, el sujeto 23. Pobre Pedro, lleva tantos días que hasta ayer deambulaba delirando. Todo lo que se aguanta por salvar a su hijo. Pensar que acusé a la empresa cuando creí que lo torturaban por dinero. Me pareció increíble que Pedro y su mujer estuvieran de acuerdo con ello, pero lo necesitaban. Es extraño… está demasiado quieto. Miro de reojo los indicadores, parecen bajos, pero están en verde.

Preocupado, recuerdo aquellos ojos llenos de lágrimas contenidas por la férrea voluntad de su dueña: Ana, la buscada compañera de Pedro y encontrada gracias a la acusación a la empresa. Recuerdo el contraste entre este observatorio refulgente de luz y la tenue vela que apenas iluminaba nuestros rostros en su cocina. Allí me contó en un tono anodino que ocultaba un pozo de dolor insondable, de la enfermedad terminal de su hijo, Pablo. Me contó cómo en esa lenta agonía habían quemado su casa y su automóvil, su mobiliario y hasta casi su propia salud. Solamente mantenía la electricidad en el comedor para asistir las necesidades de Pablo. También relató cómo Pedro trató de sobrellevar dos trabajos y entre unos tiempos y otros, ella vendía baratijas o lavaba y limpiaba para otros. La única esperanza era un trasplante inmediato que valía una fortuna.

El sujeto 23 seguía inmóvil, con la mirada perdida en el techo. Ya muy inquieto reviso las anotaciones de Manuel y descubro que hubo un gran salto de los indicadores apenas minutos antes de llegar ¡Ese irresponsable! Apagó la entrada de datos, pues le pareció un error. La repongo asustado y todos los indicadores titilan en rojo. Hago sonar la alarma con un furioso manotazo al botón y los enfermeros se precipitan a través de la puerta.

Aunque sé que todo ha terminado, estoy allí, de pie. Con mi curiosidad morbosa de saber el cómo. Al levantar la manta que lo cubre, ese lápiz enterrado en su muslo y la sangre me explican su suicidio. Envío el mensaje de texto preparado y redacto un sucinto informe que suscribo. He concluido.

Lúgubre y cabizbajo me parece subir una cuesta hasta la cafetería, me sirvo un café y espero. Desolado, convencido, pero también culpable.

— ¡Ay! Ana, ¿se pudo?

—Sí, llegamos justo, los especialistas se han hecho cargo y me han asegurado que el órgano podrá trasplantarse con éxito.

—Ana, solo por curiosidad, ¿Manuel…?

—Este asunto se ha terminado y ya nadie debe decir nada más sobre él. No te preocupes Luis, te lo agradeceré siempre. Si aquella noche no me hubieras dado los horarios de los turnos y sin tu mensaje de hoy, no lo hubiéramos logrado.

Suena su celular, que atiende molesta; se inmoviliza en tal silencio que ni siquiera respira. Los músculos, que sostenían su rostro firme, se rinden y su cara parece fluir. Miro hacia las luces y compruebo que no han cambiado. Es ella la que ha palidecido. Sus ojos, fijos en algún punto que no es de este mundo, se vuelven duro cristal.

— ¿Qué sucede Ana?, — pregunto afligido— me contesta un susurro — pablohamu—, un gruñido — ertopablohamuerto.

Un grito: — ¡Pablo ha muerto!

 

Carlos Caro

Paraná, 26 de mayo de 2014

Descargar solo “El 23, Pedro”: http://cort.as/B6MY

 
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