1/2 ensayo sobre “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” de Jorge Luis Borges

Les adjunto un link para leer el cuento en línea: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/borges/tlon_uqbar_orbis_tertius.htm

 

Mi amiga Susan oriunda de Saint George, que conoce mi manía literaria de escribir en primera persona y sólo cuentos cortos, me sugirió leer “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” de Jorge Luis Borges. El motivo que esgrimió era que reconociera otras formas de relatos en primera persona. He usado la palabra reconocer para describir de algún modo mi doble visión de un texto. Como novel escritor (el “novel” debe aplicarse sólo al corto período que llevo intentándolo) me sucede lo que García Márquez llamó “desarmar” los libros.

En realidad, mis días felices de despreocupado lector han concluido. Ha sido como abandonar la niñez y, si no me lamento, es porque que he hallado, con incredulidad, algo mejor. Quedará para otra oportunidad explicar los cambios que me generó el escribir. Baste indicar en esta ocasión que mi mente disocia la forma (la escritura) del contenido (significado, trama, intención). Antes -no puedo creer lo cercano-, mientras no tuviera gruesos errores, los escritos eran devorados a la mayor velocidad posible. Resalto la importancia de la velocidad de lectura, ya que es la piedra fundamental de la comprensión del texto. A partir de ese límite, es que nuestro intelecto va construyendo el escenario, los personajes y adentrándose en la trama en un estado límbico y atemporal.

Eso es lo que se perdió: mi lectura dividida se fija en la forma, sopesa cada recurso, las peculiaridades de puntuación y qué motivó al autor para escribir de una manera u otra. Cuanto mejor es el escrito, mejor se notan “marcas” casi imperceptibles y, me consta, hasta inconscientes. Van más allá del relato explícito, revelan sus creencias, deseos y sentimientos. Revelan el núcleo que generó al cuento y, en más de una ocasión, el resto del relato es sólo un escenario intelectual que le da forma literaria.

En resumen, soy tan tonto como me describía un viejo amigo de juventud: incapaz de mascar un chicle y caminar al mismo tiempo. Al fijarme en cómo está escrito, pierdo velocidad y atención. Por lo cual dejo de captar el contenido y debo releer, pero… como ya aprendí algo del “modus operandi” del autor, mi lectura es totalmente diferente a la primera y, con nuevos descubrimientos, debo releer una y otra vez.

A los buenos relatos los trato como a vinos finos. Los dejo madurar en cubas de biblioteca y los vuelvo a leer con asombro como si fuera la primera vez. Por supuesto, si bien apasionante, esto es una gran limitación ya que, por ahora, me acota a textos relativamente cortos. Esta larga introducción es para explicar mis observaciones de la obra mencionada.

Adentrándome en ella, no me atrevo a desentrañar el contenido. Ha sido tan interpretado, ensalzado y controvertido que sólo diría un “me parece”, que mal escondería mi ignorancia. La primera vez que lo leí hace años, francamente, me aburrió y fue olvidado sin pena ni gloria. Ahora, ha logrado el mismo efecto, mas no así su forma.

Lo primero que me llama la atención al leer “Ficciones” son los estilos diferentes entre los diversos grupos de cuentos, parecen diferentes autores o, al menos, diferentes épocas. La puntuación y las expresiones. El despliegue de idiomas y personajes históricos de diferentes materias, campean en unos y se esconden en otros.

En “Tlön…”: usa un tono coloquial, nombra a amigos y conocidos por sus verdaderos nombres. Que así haya sido publicado, demuestra el juego íntimo con sus compañeros con los que, seguramente se reía de todos nosotros, sus lectores. En este cuento usa algunos corchetes y guiones medios en lugar de comas. Recurso conocido pero, tan exacto, que resultan satíricos. He intentado reproducirlos aquí con, por supuesto, un rotundo fracaso.

Borges puebla el texto con expresiones arcaicas: onceno por onceavo, libro impreso en “octavo mayor” lo cual es un tamaño de papel pre industrial. También cita como referencia, el número de página de textos inexistentes. Usa el mismo recurso, falseando nombres, para justificar dichos, acciones o ideas. Todo para darle al relato un lustre de formalismo y rigurosidad sin el cual sus extrapolaciones filosóficas carecerían de verosimilitud.

Es tan vasto el engaño, que se permite realizarlo en varios niveles a diferentes tipos de lector: cuando indica que el sistema duodecimal es en el que 12 vale 10 y que sistema hexadecimal es en el que 60 vale 10. Veo ahora dos vertientes: el lector que lo acepta como un dato más y el que por el contrario, magnánimo, lo corrige “in mente” sustituyendo el 10 por el 1 y piensa que, bueno… al igual que todos, una minucia se le escapa a cualquiera. Pues… el autor, como un duende irónico, no deja escapar a ningún lector. Ya al final, en la nota al pie “3”, aclara que en duodecimal un siglo sería un período de ciento cuarenta y cuatro años. El primer lector quedará desconcertado y el segundo se sentirá un idiota al advertir que no había error y que los datos eran otro ardid, que Borges sabe perfectamente los fundamentos del sistema al cual pervierte descaradamente con una última sonrisa al proporcionar ese número.

Este presupone un inexistente siglo duodecimal de 120 años, los cuales a su vez, están formados por 14,4 meses cada uno. Ya que si 12 es 10 y el año “decimal” tiene 12 meses, el año “duodecimal” debe tener (por simple regla de tres) 14,4. Se llega así a la conclusión de que un siglo duodecimal tendrá 1728 meses (120×14,4). En este momento ya en la enrarecida estratósfera matemática, advierte que el resto de la humanidad usa un año de doce meses y entonces divide sus 1728 meses por 12 y es allí donde aparece el sigiloso y a la vez genial siglo de ciento cuarenta y cuatro años.

Para terminar, hago una confesión y un aviso. La primera vez debo haberlo leído alrededor de los setenta y, tanto ahora como entonces, lo leí mal. El cuento se publicó en el año mil novecientos cuarenta, tal como indica al final de la primera parte. Desde el tiempo de mis lecturas la postdata de mil novecientos cuarenta y siete fue leída como un agregado realizado en alguna edición posterior. Nada más ajeno a Borges, desde un principio fue futuro, otra vez el burlón maestro se quitó la máscara y termina realmente su cuento demostrando que ni siquiera necesita del tiempo.

Como siempre con él, quedo ambivalente: no sé si, humilde, admirar al genio o, enojado, rechazar la soberbia que esconde.

 

Carlos Caro

Paraná, 16 de abril de 2014

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Hacia el Oasis de Siwa

Hacia SiwaBusca…desde hace milenios, negro como la muerte, la misma que busca por su instinto. Su cabeza pelada hace de cuña en el cielo y sus ojos barren decenas de kilómetros a la redonda. Sostienen su gran peso las enormes alas, aprovecha cada columna de aire ascendente y no necesita de aleteos. Casi inmóvil, maneja su vuelo con pequeños movimientos de las plumas maestras que, coronadas de blanco, parecen flamear en la punta de esas alas.

Tras un caminar difícil entre las dunas durante toda la noche, al amanecer divisé los farallones cercanos y en esta inmensidad estéril me reencuentro con la vida al ver, alto sobre el horizonte, un buitre vigilando. Luego de dos horas lo tomo como una buena señal, sigue y explora su territorio al norte, confirma lo acertado de mi dirección al oasis y, por otra parte, como estoy seguro que me ha visto, si no espera por mí, es que tengo alguna chance todavía.

El calor se hace insoportable, me tambaleo parado sobre un terreno pétreo y desparejo. Me alejo del desierto de dunas al sur, no puedo creer que se termine. Ya me quema la pared rocosa mientras busco atolondrado alguna sombra que me cobije del sol durante el día. Inesperadamente aparece una abertura, tropiezo y caigo desmayado en ella.

Despierto con mi cara sobre un suelo áspero de piedra, lentamente recupero mi cuerpo y lo obligo a recostarse más cómodo. Solo mis ojos, por ahora, revisan el lugar. En una bienvenida penumbra razono que se trata de un repliegue del farallón, al que alguien cerró construyendo una pared de piedras y dejó apenas una abertura como entrada.

Bajo una capa de fina arena reconozco una mesa, una banqueta y una informe estantería con algunas vasijas tapadas. Salto como un resorte y las empiezo a revisar frenético, me obnubila la sed. Una a una, como penas, las deshecho vacías hasta que, al borde de perder el juicio, una más pesada, al moverla, me indica que tiene líquido.

Me resiste el tapón, lo han cubierto con alguna grasa protectora y mis manos resbalan, las limpio contra mis ropas e insisto sin pausa. Me adentro en la locura. Todo el universo es ahora la lucha con el tapón. En algún tiempo de ese infinito, en silencio, aunque lo oigo como un trueno, cede al fin y, seguro de que es agua, levanto la vasija para beber. Un olor nauseabundo me lo impide y me espanta, si no estuviera deshidratado lloraría de frustración.

Con un lamento la vuelvo a apoyar y sigo explorando con desanimo. Encuentro una alfombra y un gran cuaderno como los de bitácora sobre la mesa; todo parece gris por el polvo. Me siento en la banqueta frente a él y la presencia de una pequeña lámpara de aceite me explica el contenido de la vasija. Miro la hora aunque ya el descenso de la temperatura me había avisado que se acercaba el atardecer. Me queda esperar aún unas dos horas, antes de seguir hacia el Oasis de Siwa. Está muy aislado pero, aun así, es el asentamiento conocido más antiguo de la humanidad, sus miles de palmeras llenas de dátiles y sus fuentes de agua fresca son mi esperanza. Para aprovechar la noche debería dormir pero curioso reviso el cuaderno desde atrás.

Comienza con muchas hojas escritas por diferentes manos en árabe, un galimatías que francamente no entiendo; luego sigue toda una sección en griego. Alucino y me encuentro en el refugio de un caravanero. Creo que otro perdido, un macedonio, me cuenta desde esas hojas indescifrables cómo llegó al Oasis de Siwa con el gran Alejandro. Desde la recién fundada Alejandría venía en busca del oráculo de Amón, tan importante en oriente como el de Delfos en occidente. El rey necesitaba que aquel le reconociera su origen divino y lo proclamara Faraón. Ya dios, regresó a Memphis para asumir, entonces, también la jefatura espiritual de Egipto legitimando su poder total. Al acompañarlo en ese camino, el macedonio se extravió durante una tormenta de arena y vagó hasta que lo encontró el caravanero.

Los escritos continúan nuevamente en árabe pero de pronto aparece un escrito en francés y soñando veo la fecha: cuatro de enero de mil novecientos treinta y seis. No está firmado, pero sé que lo escribió Saint Exúpery cuando luego del accidente aéreo y tras tres días de penurias, lo rescató un beduino que, seguramente, lo trajo aquí. Son como los apuntes de su Tierra de hombres.

Ya casi no veo, fabrico una pequeña mecha con un pedazo de mi camisa, uso el aceite de la vasija y la inflamo en la lámpara. Me apuro con más hojas en árabe pero ya es la hora, debo usar la noche. Busco resuelto la primera hoja en blanco para dejar también mi testimonio. Sin embargo ahora me parece un sueño y sería como un sacrilegio, de modo que solo dejaré mi nombre y lo fecharé:

Carlos Caro

Al sur de Siwa, 17 de marzo de 2014

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Rojas, blancas y el juglar

Rojas, blancas y juglarVeo en mi mano un reloj de bolsillo, se ha detenido, lo agito un poco pero no responde. Pruebo la cuerda y al comprobar que no la tiene, la hago girar con cuidado, pues parece muy antiguo y frágil. Contento siento en mis dedos ese imperceptible aleteo que despierta al segundero.

Como si le hubiera dado vida lo veo recorrer su firmamento blanco lleno de horas. Me asombro cuando las manecillas lo siguen a un ritmo sin freno. Levanto la cabeza y al encontrar mis ojos en el espejo, lo olvido.

Ese yo que me mira está muy pensativo, hasta preocupado, diría. Sé que hoy puede cambiar mi vida y la de ella. Me tranquilizo al apreciar la anchura de mis hombros, el tamaño de mis  bíceps y el contorno de mi torso. Ese que protege a mis pulmones, potentes como fuelles, y a un corazón que bombea mi existencia.

Me pongo de pie y flexiono mis piernas, los muslos parecen pilares y cada uno es casi tan ancho como su cintura. Desde los doce años me entreno, primero he corrido y he levantado piedras pesadas; luego mi tutor me guio con la espada, la masa y la lanza. Combatí sin descanso con él. Durante años me apaleó a pie o sobre montura, con madera o acero. Me convirtió en una máquina guerrera de reflejos instantáneos. Me llenó la cabeza con fintas, contraataques y posturas. Dieron resultado y vencí a mil contrincantes. Aunque sin sangre, los golpeo, los domino y los aplasto bajo mi pie victorioso.

Mis días transcurrían con entrenamientos o en combates, nada supe de estudios, bailes o mujeres. Apenas las veía desde lejos, antes de perder la conciencia, borracho, durante esos banquetes que celebraban mis triunfos.

Como si una flecha hubiera atravesado mi armadura quedé sin aire y desangrado al encontrar tu figura que caminaba por los jardines. Por primera vez vencido, me rendí sin orgullo a tus pies. Te perseguí sin importarme tu desdén durante meses, no acepté negativas ni menosprecios. Mis armas eran otras y no me sirvieron las torpes palabras o los galanteos que ignoraba. Comprendí que solo mi camino te haría mía y convencí a tu padre que cediera tu mano al ganador de un torneo entre caballeros.

Me visto despacio y con precisión, mi escudero me ayuda con el batón acolchado que me protege de los golpes y, sobre él, la cota de malla. Mientras me acostumbro a su peso: reviso la armadura que llevaré y mis armas; le ordeno enojado que cambie por nuevas las plumas del yelmo. Hoy deben ser rojas y blancas como los colores de mi escudo y de ese pañuelo que te ofreceré en la punta de mi lanza al empezar la contienda. Les señalará a todos mi compromiso, les advertirá que esta será mi más fiera lucha y que solo la muerte me hará cejar. Al salir me reflejo en la plata bruñida y como si buscara algo aparto la mirada, la imagen se desvanece en mi mente y recuerdo de nuevo en mi mano aquel loco reloj que, inesperadamente, se detiene.

Despierto y parpadeo, todo el mundo onírico se aleja con desgano mientras, absorto, brillan mientras bailan las motas de polvo en ese rayo de sol que se cuela por una rendija de las cortinas. Te oigo respirar tranquila a mi lado y con un dejo de ese sueño imagino que los músculos se desinflan, los pulmones se agotan y desaparece la fuerza de los muslos.

Pobre caballero de mis sueños. ¿Y Juan, qué será de él? Soplo sobre tu cuello para poder fingir que te despertaste sola. Vamos mi dama, este pequeño y pícaro juglar quiere cantarte otro día más.

 

Carlos Caro

Paraná, 9 de marzo de 2014

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Collar de plumas

Adornos y pintura corporalEl día ha estado tan lleno de acontecimientos que aún con mi cuerpo en descanso mi mente sigue llena de suposiciones, sospechas, imaginación y locas conclusiones. Siento que una pelota de pimpón rebota de un lado a otro dentro de mi caja craneal.

Ya no tengo voluntad ni cerebro, ni mis ojos los párpados y aprovechan para deambular sin fin entre los pliegues de la carpa. No lo lograré, reconozco alegremente con resignación; el sueño es un lujo que mi curiosidad minimiza. Mañana será un día pesado pero eso será mañana y mi intriga es ahora, inmediata.

Lucho con el cierre de la bolsa de dormir, tiro y agrando su herida, me arrastro fuera como de aquella primigenia. En segundos el frío me despeja la mente y me duerme toda la piel. Con los dientes que castañetean como si hubiera olvidado preparar el despertador, bato un récord olímpico al vestirme con apuro. Sintiéndome un oso de peluche, cómico pero a la vez reconfortado por lo caliente, cambio de oscuridad al salir de la carpa. Se estremece mi espíritu, me siento desnudo en este exterior sin límites. La noche y la niebla se conjugan y no veo ni un risco o estrella, ni siquiera mi mano.

Con desespero busco, encuentro y sigo la cuerda de guía que hemos tendido para no perdernos. Aún de día, hasta casi las once, el sol no consigue disipar la niebla. Antes de entrar enciendo el pequeño generador y la gruta se ilumina. Acampamos afuera para no contaminar esta cápsula del tiempo prehistórico.

El calentamiento produjo la avalancha que barrió el hielo que la ocultaba y protegía. Este año su boca fue advertida y aquí estoy, al cruzar la entrada, retrocedo once o doce mil años con solo un paso. En un silencio reverente, mi vista recorre la pequeña gruta, el viento mueve las bombillas y el vaivén de la luz parece revivir la arcaica fogata. A su lado están los dos cadáveres que el frío y el aislamiento han conservado como momias a través de los milenios. Paso a su lado con mucho cuidado y me acerco a la pared posterior. Me parece ver unos dibujos, ilumino con mi linterna y desaparecen. Con ansiedad la apago y lentamente, al acostumbrar la vista, los vuelvo a ver. Son apenas visibles, hechos con restos de carbón de la hoguera y las figuras humanas están representadas por simples líneas: cabeza, tronco y cuatro extremidades. Encuentro otros, parecen sucesivos y yendo de una esquina a la otra, con un escalofrío, advierto que es una crónica. El primer cuadro está muy abajo y medito que humilde, ello me obliga a arrodillarme frente a él. Muestra mucha gente reunida, los trazos de unos se superponen con los de otros, los palotes se repiten verticales pero, sin embargo, por debajo aparecen algunos horizontales. Quizás era la tribu y algunos murieron por enfermedad, de hambre o de frío.

El siguiente dibujo muestra cinco hombres con lanzas que supongo han caminado durante tres jornadas pues esas son las lunas que dibujadas en cuarto así lo indican. Un paso más y me paralizo por el miedo atávico que me invade. Han luchado contra un dios. Así como los hombres son apenas líneas, el mamut aparece desproporcionadamente grande y con los más mínimos detalles me revive esa fuerza de la naturaleza que nos alimenta pero también nos mata. Veo dos lanzas en sus flancos y tres hombres caídos.

Golpeado, parpadeo confuso y tomando su brazo sano alrededor de mi cuello lo levanto, pega un grito de dolor pero hincando los dientes, nos tambaleamos hacia las rocas. A lo lejos, desde la inmensidad blanca, oímos el último bramido furioso del animal. Nos sorprende la cueva y, en cuanto acomodo a mi hermano, con el ascua que llevo en un estuche de cuerno, prendo fuego. Al revisarlo veo que el brazo está aplastado y tan dañado que ni lo toco, le doy agua y lo reconforto. No recuerdo haberme dormido entonces, pues el cansancio y el miedo de esa lucha así como el ayuno me desmayaron junto al fuego. Lo reavivo y, sin el valor de confirmar si mi hermano sigue aún conmigo, durante algunos días he señalado la entrada con piedras que forman la imagen del tótem de nuestra tribu. También dibujé nuestra ventura y hacia dónde huyó la bestia herida. Aunque sin esperanzas, quizás alguien nos siga y puedan cazarlo, me repito, pero en realidad pienso con pesar que muchos morirán de hambre este invierno.

Mis pensamientos vuelven a ella y mientras acaricio con mis dedos el collar de plumas con que me despidió mi compañera, el corazón se aquieta en su amor, el fuego se apaga y dejo de ver.

Me palmean la cara ya helada, Juan y Andrés me cargan sobre sus hombros y me recriminan a coro mi maniática tozudez.  Cuando pasamos junto a las momias alucino y veo que una de ellas sostiene con cariño nostálgico en su mano, un multicolor collar de plumas. Al latido siguiente ya sólo es polvo gris.

 

Carlos Caro

Paraná, 19 de febrero de 2014

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Aplausos

AplausosVeo en cámara lenta, reteniendo el tiempo, cómo esos brazos en alto baten las palmas. Me maravillo con su belleza. Parecen un par de alas que danzando se agitan hacia fuera y vuelven elegantes a juntarse. En el choque tiemblan y emiten un sonido, cada uno único. Abriéndome, al principio escucho algunos desacompasados, luego ramalazos y por fin olas de un mar sonoro que me llega al alma.

Son aplausos, reconozco atónito, y por mí ¿Por qué? Nada material supongo. La humanidad sólo los usa para festejar en conjunto bellos momentos: de felicidad compartida para realzar eventos importantes de vidas anónimas o como reconocimiento por labores tesoneras cuando dan frutos y ese, el que nos une como raza, ese que damos ante el genio de otro, cuando lo vemos brillar allá arriba. Lo ensalzamos humildes desde toda humildad, reconociendo entusiasmados que sus creaciones o interpretaciones nos elevan más allá de nosotros, que se unirá a esa lista de dotados que conocen los corazones de todas las épocas.

En un ramalazo veo las pinturas rupestres de Altamira, el busto exquisito de Nefertiti, la Venus de Milo que presiento menos hermosa si completa. Homero, Platón, Arquímedes, “La pieta” de Miguel Ángel, “Aida” de Verdi. Mozart, Beethoven, The Beatles. Oh, son tantos y tan pocos. Sobre esos hombros, aunque lo ignoremos, hemos escalado nuestros espíritus y vemos al mundo como lo vemos a través de sus ojos. No hallando respuesta me sumerjo en la memoria de mis aplausos.

Casi no he podido dormir. La oscuridad, con un pacto diabólico con el sol, en mi ausencia, se ha convertido, sin advertencia, en una mortecina luz matinal. Sobresaltado, me apresuro corriendo hacia el comedor con una esperanzada… desconfianza. Mis ojos la descubren junto el arbolito de navidad. Parece celeste y enorme ¡La luz se enciende! Mis padres desde la puerta me aplauden sonriendo. La monto inseguro. Con sus extrañas ruedas blancas será, lo sé, la bicicleta de mi vida. Mientras me sostienen sobre ella en el patio, me convenzo que no debo dudar. Si lo hago los Reyes Magos ya no vendrán el año que viene. Una sonrisa de añoranza me regresa, cientos de años después, la culpa de esa duda aun me persigue y los extraño.

Lo intento de nuevo. Estoy subiendo la pequeña escalera, en la tarima están todas las autoridades y profesores del colegio. Vamos pasando por orden de mérito y cuando recibo mi diploma de bachiller, me aplauden felices cientos de personas. Con la arrogancia de la juventud lo menosprecio. Todos son parientes o amigos de los graduados y tonto creo que son para mí. No los entiendo, aunque ha habido empeño, he disfrutado cada momento de esos años. Curioso, los saberes aprendidos han sido sólo ríos que me han llevado a un enorme mar en el que ansioso quiero sumergime. Recién lo comprendí al aplaudir a mis hijos. Ese estruendo era para todos, arriba o debajo de la tarima. Aplaudíamos esa invisible red que los había acompañado y que ahora con una porfiada esperanza los lanzaba al futuro.

Sigo buscando…, me atajo como puedo los puñados de arroz que nos arrojan. Tratamos con Julia de abrirnos paso en esa muchedumbre propia y conocida, que también nos aplaude contenta saliendo del registro civil.  Totalmente irreverentes hemos aceptado el formalismo burocrático del matrimonio como un mal menor para poder seguir adelante. En realidad, desde que nos conocimos aprisionamos juntos nuestros corazones y felices arrojamos fuera la llave, pero igual se disfruta toda esta expectación. Ya en el avión lo olvido todo al besarte, mientras subimos… y subimos… Aun lo hacemos.

Es mi alma la que finalmente me devela la incógnita. Mirando desde el aire comprendo que la gente me aplaude por diferentes motivos, algunos agradecidos, otros afligidos pese a saberme feliz. Pero en la inmensa cantidad de miradas siento que agradecen mi tesón y quizás en algunos aniden frutos. Mientras colocan definitivo mi féretro en el panteón familiar, sonrío sarcástico. Si han esperado a mi muerte para insistir porfiados en aplaudir por mí, rendido, por primera vez me inclino agradeciéndolo.

Este fue un final mentiroso. He tenido que desahogarme, un testigo ha entendido tan cabalmente mi obra que lo imaginé como un aplauso. Tan inmerecido como todos. Si hay un don, es un regalo que ilumina mis años postreros y que pequeño solo intento sembrar.

 

Carlos Caro

Paraná, 4 de enero de 2014

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Cortocircuito

cortocicuitoEnchufé la tostadora y en cuanto puse las primeras rebanadas de pan algo estalló escondido. Fue apenas como un bufido, mi visión periférica detectó un chispazo y atrayendo mi atención veo como una nube, negra como el hollín, asciende desganada desde el tomacorriente. No he oído saltar las llaves de protección y lo confirmo encendiendo la luz. De modo que el cortocircuito ha sido tan fulminante que debe haber quemado los cables.

Encogiéndome de hombros lo dejo para después. Me conformo y busco consuelo en un paquete de galletitas mientras desayuno. Apenas siento el olor del plástico quemado pero con sorpresa advierto que mi pituitaria tiene una memoria propia e independiente.

Recuerda aquel olor acre e inconfundible que producía al quemarse el primer plástico del hombre, la baquelita. Con su color desde un oscuro marrón al negro del teléfono. Extraño y persistente, aun pasados varios días, duraba su efecto. Con una añorada simpatía por lo sencillo, me lamento ahora pensando en los miles de millones de toneladas de sus descendientes incorruptibles que como basura, ya pronto nos cubrirán sin remedio.

Dejo de dar vueltas y esconderme, decidido afronto la reparación.  Insólitamente no encuentro la caja de herramientas en el armario del garaje. Lo he revuelto dos veces y nada, no la puedo hallar.

Desconcertado, recuerdo que hace pocos días Julia me conminó a arreglarlo y a tirar todo lo inservible ¿Aunque…? Claro, después terminó de acomodarlo ella, para que todo estuviera bien ordenado y agradable a la vista.

Riéndome de mí mismo, me dirijo a buscar la caja en la habitación del fondo donde amontonamos todos los muebles y enseres que no usamos. Con cariño y resignación mi mente masculina sigue pensando ilusa, que el universo es otro y distinto, donde la utilidad prima sobre la estética y el lugar ideal para una caja de herramientas es, precisamente, el armario que para ello fue construido en el garaje.

Satisfecho por mi perspicacia me tambaleo volviendo con la sin dudas “fea” caja. Deberé hacer algunos sacrificios. En ese último arreglo del armario, mi avaricia ocultó cada pequeño fragmento de metal en ella y su peso es intolerable.

Destornillador en mano ya estoy desarmando el tomacorriente, pienso por un momento en cortar la luz por seguridad, pero lo desecho enseguida. Hace muchos años, que nos conocemos íntimamente con la electricidad y rememoro desde cuándo.

Nos empujábamos alborotados alrededor del anciano que todos los días nos traía su extraño artilugio, con tan pocos años no reconocíamos al generador que había instalado sobre su bicicleta. Por algunas monedas nos entregaba un par de agarraderas de bronce que se conectaban a través de dos cables a ese aparato. Una vez bien plantados sobre los pies, comenzaba a darle vueltas mediante unas manijas. La electricidad nos recorría el cuerpo entre ambos polos, el voltaje subía y comenzábamos a temblar por su efecto. Se formaba un gran corrillo de niños que alentaban a resistir desde lejos, pues si uno tocaba apenas al “condenado”, recibía una amedrentadora descarga.

Centavo a centavo y día tras día fui mejorando, no en el voltaje pues tenía tope, pero sí en el tiempo que resistía. Luego de unos meses de gastar mis dientes apretándolos entre sí, casi campeón, aguantaba tooodo un minuto.

Con semejante entrenamiento, desde entonces creo que adquirí propiedades aislantes y sigo tranquilo con el arreglo.

Parpadeo como despertando, golpeado y sorprendido, despatarrado a dos metros de distancia que es donde me ha arrojado la descarga que recibí; me lamento y no lo puedo creer.

¿Tan difícil entrenamiento se ha perdido, será el tiempo o el voltaje?

 

Carlos Caro

Paraná. 3 de febrero de 2014

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