Otro paso, antología

 

Otro paso

 

Link de descarga: http://cort.as/Kd2o

 

 

 

 

Les presento mi cuarta antología. Haciendo costumbre se corresponde con el blog que la sigue, al cual he reordenado para que quede en el mismo orden. Fueron escritos entre marzo y mayo de 2014. No es la primera vez que escribo los cuentos interactuando con compañeros, amigos y público, tanto en el Blog como en las redes.

Ha sido y, sigue siendo, una experiencia inigualable y tremendamente divertida. Creo que he mejorado, o por lo menos,    puedo afirmar que algo he aprendido. Por eso el título: agradezco cada comentario, crítica o propuesta. Todos, de una u otra manera, me han enseñado algo y me han hecho recorrer otro paso.

Como es habitual, el link de descarga les deja un comprimido que con doble clic (como indica el nombre) da una carpeta con los dos formatos más usados de libros electrónicos y un PDF.

Carlos Caro

Paraná, 12 de noviembre de 2014

 

Quiero pintar

Quiero pintar 2Hoy he discutido con mi narrador. Le he dejado bien en claro que merecía un respiro. Que su dominio ya era excesivo y…

En ese instante, en un ataque sorpresivo, salió el anarquista: —Sí señor, yo apoyo. No puede ser que en el siglo XXI tengamos que soportar esta esclavitud. Que cada personaje pueda hacer lo que desee. Como lógica reacción apareció Schmidt y nos explicó a los presentes, con ese tono suyo tan teutón, que como los lectores solo conocían parte de la libertad (una pequeña parte) no entenderían tal dislate. Al notar que la bataola iba in crescendo, le hice un guiño cómplice al narrador y esperamos que el autor, sencillamente, diera vuelta la hoja.

¡Aaah…! Como había comenzado a explicar, le recordé al narrador que estuve soportando sentimientos extremos. Me hizo pasar de la emoción de un bello amanecer al más negro dolor de perder a alguien querido. Una vez tras otra, de arriba para abajo y vuelta a empezar. Para contestarme, el narrador me mandó al Viejo Profeta.

—No, no, no— dije—. No me vas a convencer con esa apariencia. Desde ya te advierto que no aceptaré ni al cura ni al policía. Mucho menos a un abogado o a un político.

El muy tramposo me sorprende, hasta dejo de respirar: Julia abre la puerta y entra sonriendo a la habitación.

Julia…, mi Julia ideal. Esa que amo, que amé y que querré aún más allá de la vida. Nos sentamos a la mesa y toma mi mano. Ya estoy por perderme en sus ojos cuando, chocante, oigo su voz como masculina.

—Sí, soy el narrador. O dejás de hacer sonseras o empiezo a narrar en tercera persona y te transformo en robot.

—No, no me expresé bien— ruego con una sensación de frío en la espalda.

Me interrumpe— Por otra parte. Eso lo dispone el autor.

— ¡Ups! — siento que con el narrador estamos en la misma jaula.

—Vamos, no exageremos, yo lo único que pido es algo sencillo, que no me produzca desgaste. Por ejemplo pintar.

Desde una ubicua estratósfera me llega a dúo un reverberante y profundo:

— ¡Sea!

Es una celda monástica, apenas cabe el jergón, una angosta mesa y un banco. Detrás tengo la puerta, esa que no he visto, pero que sé de madera rústica y con una cerradura de hierro oxidado del siglo XVII o XVIII. Por delante hay una ventana cuya visión es la que ha provocado todo esto. De forma ojival, dos veces más alta que ancha, está colocada sobre el lado exterior de una pared de casi un metro de espesor. A ese túnel que han formado lo han ampliado hasta la cara interna, de modo que la ventana parece estar en perspectiva. Deja pasar una luz anónima. No sé si de vidrio sucio u otro material que, aunque translúcido, impide ver las formas.

Esta habitación es lo que hay que pintar. Una pequeña celda oscura que da a un túnel ojival mucho más claro y que se va angostando hacia una ventana gris. Sin embargo, ese gris es caliente y brilla, recuerda al sol y todos pueden sentir conmigo que, aunque pequeña esa abertura nos ilumina. Vemos nuestras manos salir de la oscuridad y en nuestras palmas hay milagros. Las paredes son reales y nos contienen, pero aun así, adivinamos el cielo azul con algunas nubes. Si prestamos atención aparecen los sonidos. Siempre estuvieron aquí, en ese mundo alternativo que existe ignorado por lo urgente o lo debido.

Así, en este momento, elijo un naranja para las paredes y un amarrillo lleno de luz para el túnel de la ventana.

¿Celeste claro y blanco? ¿Verde musgo y verde agua?

¿…?

 

Carlos Caro

Paraná, 2 de junio de 2014

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Quiero pintar by Carlos Caro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en http://carloscarocomentarios.megustaescribir.com.

La parábola del río

La parabola del río

Hace unos días… (¿O semanas?), mientras caminábamos con el pastor hacia la plaza, le comenté que había hecho algunas correlaciones metafísicas. Se detuvo y, volviéndose, me estudió con esa mirada oscura y profunda. Temí lo peor pero, sin más, enderezó la cabeza y siguió adelante.

Al llegar a la plaza, buscamos un banco tranquilo y a la sombra -todavía apretaba el calor-. Al sentarme, noté que dudaba. Quise arrepentirme de mis apresuradas palabras pero, después de varias vueltas y vacilaciones, se sentó a mi lado. Sentí que con ello me daba permiso y seguí: —He hecho algunas reflexiones y para que se entiendan mejor, les he dado forma de parábola—. Me detuve para esperar su reacción. Solo miraba al frente abstraído, así que retomé: —Pueden servir para guiar a alguna oveja extraviada, la llamé “La parábola del río” y dice así:

“Las corrientes se forman de distintas maneras. Algunas como el arroyo, son solo un hilo de agua que juega en la alta montaña y, con apuro, alisa las piedras de su lecho. Hay veces que encuentra con sorpresa un curso diferente, ese que en lugar de agua rápida es lento meandro de llanura. Ambos se reconocen y entre aguas veloces e inundaciones se formará un río.

A veces tendrá un fluir tranquilo y otras se encrespará con olas inquietas, pero atravesará todo lo que se interponga en su camino hacia el mar. Recorrerá distintas regiones: tupidas selvas, herbosas planicies y enajenadas ciudades.

El río es más sabio que el hombre, no se seca a medida que pasa. Cuando por fin se derrama en el mar sabe que solo sigue su camino. No desaparece sino que, junto a otras incontables gotas, ha crecido a océano infinito. No se deja engañar por la ilusión del tiempo. Él se sabe arroyo y meandro y a la vez: río, mar y océano. En cada momento sabe que no es sucesivo sino simultáneo.

Ese paradójico fluir y ser todo a la vez, es el ejemplo que pueden tomar las almas que vacilan. Ver más allá de sus cauces, ver que las montañas o el meandro no fueron principio y que el mar no es final. Sacudirse de la mente la mentira del reloj y entonces, en una calma como ninguna, comprender apenas que siempre fueron, que siempre son y que siempre serán. Y entender sin entender también, que son más que el río. Que con él comparten la limitación de la materia pero que, si para el río es definitiva, para el alma es un mero instante de su eternidad.”

—Se entiende la relación ¿No? — pregunté entre temeroso y avergonzado. Él debe haberlo advertido y con dos estruendosos ladridos se echó a jugar sobre mí — ¡Nerón! ¡Basta!, aunque seas pastor alemán o perro policía no se te puede dar confianza. Vamos, volvamos a casa. No sabés apreciar a un libre pensador.

 

Carlos Caro

Paraná, 2 de mayo de 2014

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Noche de Box: Tercera Vs. Primera

Noche de BoxHay veces en que, como los astros celestes, varias personas a mí alrededor se ordenan en una misma idea. Para este caso, porfiadas, insisten en que debo abandonar, aunque sea momentáneamente, mi manía de escribir en primera persona. Parecen indicar que (taimadas eluden decirlo), si no domino la tercera persona (o sea: el narrador debe esclavizar uno o más personajes) no seré nadie.

Como me creo “un alguien”, me he cansado de explicar que yo solo me divierto. No pretendo escalar nada, con aprender me conformo. El objeto principal de mis cuentos no es contar un relato. Es: entrelazado en ese relato, compartir emociones, sentimientos y creencias. Repito el “compartir”, ya que lo que me impulsa es la maravilla de escribir con mis sentimientos y ser leído con los sentimientos del lector. Creo que eso lo logro mejor en primera persona, donde me expreso tanto a través el narrador como de los personajes; todos en uno y sin maquillaje. En tercera persona me siento alejado… testigo, le sucede a otro.

Pero…, para no ser acusado de cabeza dura, he preparado el siguiente “combate”. He escrito dos cuentos similares, el primero en tercera persona y el segundo, en primera persona. No son el pasaje simple de una persona a otra, son “similares”. Cada uno existe por sí mismo. Espero que luego de leerlos y si me lo comentan podremos zanjar la cuestión.

Como los dos cuentos se hacen largos, romperé otra vieja costumbre y les coloco antes, aquí, el enlace de descarga de los dos juntos: http://cort.as/B5qP

 

Sujeto 23

El sujeto 23 aparecía extrañamente quieto bajo la manta y apretado sobre el estrecho sofá. Sus ojos, que alucinaban, enrojecidos, contrastaban con la palidez de su rostro; estaban fijos en el techo. Los telesensores que indicaban su salud mostraban, planos, su brusco deterioro. Estaba casi muerto.

Aún aturdido, con la mano sobre el botón de alarma, Luis no lo podía creer. Por los monitores vio entrar a los paramédicos en la habitación. Sintió una chispa de esperanza que se apagó al instante, cuando destaparon el cuerpo. El sujeto 23, con un lápiz clavado por propia mano en la cara interior del muslo, hacía suponer que la arteria femoral había sido dañada y yacía en un charco de sangre que inundaba el tapizado.

Como supervisor, ya nada tenía que hacer allí. Le pareció ser veinte años mayor y, con un imaginario reuma, se dirigió arrastrando los pies a la cafetería del instituto. No sabía la hora, pero seguro que era temprano por lo solitario del lugar. En ese momento fue un alivio, no tenía ganas de hablar con nadie.  Hizo la llamada prometida por el celular, se sirvió un humeante café (con mucha azúcar, necesitaba energía), se sentó casi al fondo a meditar y perdió su mirada en la puerta doble de la entrada. Esa desde la que le llegarían inexplicables las respuestas.

Solo hacían veinte…, veintiún…, días que se había presentado para el empleo. Parecía una buena oportunidad. Pedían los estudios básicos, algunos conocimientos de enfermería, turnos rotativos y disposición horaria. La retribución era excelente y el único inconveniente era que duraba un único mes. Le sorprendió, al otro día, estar sentado en una sala con los otros seleccionados. En esa anónima y aséptica reunión les explicaron que serían los supervisores de un experimento aplicado a personas comunes.

El cliente necesitaba, para algunas tareas especiales, que las personas designadas pudieran permanecer despiertas hasta trece días consecutivos. La empresa, a partir de recursos físicos y químicos creía poder lograrlo, de modo que a partir de mañana se turnarían en la observación de varios sujetos. Leyó en los ojos de los demás su misma sorpresa y se preguntó si trece días que, le sonaban pocos, no serían demasiados.

Su lugar de trabajo resultó un salón mediano, especialmente cerrado (con tarjeta y clave de entrada) y perpetuamente iluminado por luces frías. Frente a un cómodo sillón se alineaban arriba cuatro monitores de televisión y más abajo un número mayor de pantallas que respondían a distintos sensores biométricos. Si bien todo se grababa, analizaba y archivaba, él debía vigilar, anotar y alertar de cualquier detalle que le pareciera extraordinario.

Sus sujetos eran el 22 y el 23. Se alojaban en grandes suites con un astutamente corto sofá, un televisor, un escritorio con computadora y un baño completo. Una de las habitaciones en verde manzana y la otra en rosa salmón; se iluminaban a través de una gran ventana de día y varios artefactos de luz por la noche. Más tarde, recordó que, durante un día nublado, charlando en la cafetería, habían llegado a la conclusión de que las ventanas eran en realidad pantallas que reproducían un único y mismo jardín soleado, día tras día.

Al sujeto se le hacía un examen completo y se le administraban medicamentos antes de cada comida. La podía elegir de un exquisito menú que estaba junto al teléfono y por ello al principio los envidió mientras comía su mísero sándwich. Todo transcurría con normalidad y hasta se aburrió. Aunque los sujetos mostraron un nerviosismo creciente, no se asustó hasta la cuarta noche.

Al 22 lo despertaron con potentes flashes de luz que saturaron los monitores y lo dejaron, incluso a él, su vigilante, ciego por largos minutos. La noche siguiente casi le dio un paro cardíaco al escuchar las estridentes bocinas con que mantenían despierto al 23. Estaba tan nervioso como los observados que, caminaban como enjaulados, hablaban solos y tenían movimientos espasmódicos e involuntarios. Cuando el 22 abandonó el programa y al 23 lo comenzaron a inyectar cada pocas horas, se convenció de que lo torturaban.

Enojado y a la vez temeroso, pidió enseguida hablar con el director. La entrevista terminó con una palmada sobre su espalda y la promesa de filtrar la luz y el sonido para que a él no lo alteraran tanto. Le explicaron también que el compromiso mutuo entre la empresa y los sujetos era por solo los primeros cinco días. A partir de allí, por cada día que estos decidieran seguir, se les duplicaba el dinero percibido hasta el momento. Por seguridad, no solamente firmaba el interesado, sino también su representante -en el caso del 23, su esposa- según le mostró al pasar en el documento de esa mañana.

Al día siguiente, su único escrutado comenzó a golpear las paredes con la cabeza. Luis llamó alarmado a los enfermeros. Estos irrumpieron en la habitación del sujeto para detenerlo, pero tras una corta charla lo dejaron, apenas, con una curación superficial. Extrañado, Luis, les preguntó por qué y ellos le respondieron que no siguieron actuando pues el 23, lo había hecho para no dormirse y prometió no intentarlo de nuevo. Esa contestación le pareció a Luis el colmo, una locura o extravío.

Juana Inés Burdeos. Comenzó a buscarla en la guía telefónica. Todavía recordaba el nombre que figuraba en la autorización, junto a un anónimo Pedro. Tras varios intentos, una voz vacía y cansada se dio por encontrada. Luis, le contó quién era y lo que hacía. Le pidió reunirse cuanto antes con ella. Debía conocer algunas cosas que seguramente ignoraba.

La Sra. Burdeos lo hizo pasar a la cocina, le explicó que el comedor estaba ocupado por su hijo Pablo, gravemente enfermo del hígado. Expresándole su apoyo, Luis, le transmitió su culpa de verdugo inocente. Le reveló su sospecha de que su marido hubiera perdido la cordura, de que sufría un calvario inmerecido del que ella nada sabía. Las manos que estrujaban el pañuelo y esos surcos de lágrimas ya secos, todo en un silencio inmóvil y repetido, lo abofetearon con la verdad. Lo sabía. Sin mirarlo a los ojos y como rezando, fue pasando las cuentas de su rosario de dolores. Pablo, era ya adulto, de gran talla y estaba en estado terminal. Solamente podía salvarlo un trasplante urgente e ilegal cuyo costo era inaccesible.

Esa era la razón por la que el sujeto 23, Pedro, aguantara cualquier tormento. Duraría lo necesario para poder salvar a su hijo. Al despedirlo sin agradecimiento, le hizo prometer que cuando él notara que Pedro, de una u otra forma, terminara su cometido la llamaría de inmediato.

 

……….

Una mano empuja insegura la puerta. Se asoma un rostro buscando. Es la Sra. Burdeos. Avanza lento y se sienta enfrente. Luis la mira con pesar y disgusto; piensa que se podría haber evitado. Sin embargo, cuando ella le habla, sus sentimientos se transforman en amargas cenizas que secan su boca.

—No le dije todo. No sólo faltaba el dinero. No podíamos esperar por un donante compatible y por su tamaño, a Pablo tampoco le alcanza con un donante vivo. Gracias a su aviso, Pedro, ahora sí le sirve.

Descargar solo “Sujeto 23”: http://cort.as/B6A6

 

El 23, Pedro

        Agotado por los nervios y con los ojos velados por el sueño termino de subir el segundo tramo de escaleras. Mis dedos teclean automáticos la clave de entrada y me sobresalto con un inesperado dolor en mi hombro al golpear contra la puerta que, impávida, permanece cerrada. Estoy por marcar de nuevo cuando, aún solo, me sonrojo de vergüenza: he olvidado pasar la tarjeta magnética.

Todavía colorado lo saludo, lo reemplazo y despido a Manuel en un holadiós apurado. Mientras me acomodo le pego un vistazo a todas las pantallas y monitores. Todo se ve bien, pero algo en mi cerebro me deja una sensación perturbadora. Lo que gano aquí está muy bien, pero ser el vigilante carcelario de una moderna inquisición que, para experimentar, impide dormir a sus sujetos de estudio; me tiene muy angustiado.

Con una mueca de auto conmiseración, veo en su suite al “condenado”, el sujeto 23. Pobre Pedro, lleva tantos días que hasta ayer deambulaba delirando. Todo lo que se aguanta por salvar a su hijo. Pensar que acusé a la empresa cuando creí que lo torturaban por dinero. Me pareció increíble que Pedro y su mujer estuvieran de acuerdo con ello, pero lo necesitaban. Es extraño… está demasiado quieto. Miro de reojo los indicadores, parecen bajos, pero están en verde.

Preocupado, recuerdo aquellos ojos llenos de lágrimas contenidas por la férrea voluntad de su dueña: Ana, la buscada compañera de Pedro y encontrada gracias a la acusación a la empresa. Recuerdo el contraste entre este observatorio refulgente de luz y la tenue vela que apenas iluminaba nuestros rostros en su cocina. Allí me contó en un tono anodino que ocultaba un pozo de dolor insondable, de la enfermedad terminal de su hijo, Pablo. Me contó cómo en esa lenta agonía habían quemado su casa y su automóvil, su mobiliario y hasta casi su propia salud. Solamente mantenía la electricidad en el comedor para asistir las necesidades de Pablo. También relató cómo Pedro trató de sobrellevar dos trabajos y entre unos tiempos y otros, ella vendía baratijas o lavaba y limpiaba para otros. La única esperanza era un trasplante inmediato que valía una fortuna.

El sujeto 23 seguía inmóvil, con la mirada perdida en el techo. Ya muy inquieto reviso las anotaciones de Manuel y descubro que hubo un gran salto de los indicadores apenas minutos antes de llegar ¡Ese irresponsable! Apagó la entrada de datos, pues le pareció un error. La repongo asustado y todos los indicadores titilan en rojo. Hago sonar la alarma con un furioso manotazo al botón y los enfermeros se precipitan a través de la puerta.

Aunque sé que todo ha terminado, estoy allí, de pie. Con mi curiosidad morbosa de saber el cómo. Al levantar la manta que lo cubre, ese lápiz enterrado en su muslo y la sangre me explican su suicidio. Envío el mensaje de texto preparado y redacto un sucinto informe que suscribo. He concluido.

Lúgubre y cabizbajo me parece subir una cuesta hasta la cafetería, me sirvo un café y espero. Desolado, convencido, pero también culpable.

— ¡Ay! Ana, ¿se pudo?

—Sí, llegamos justo, los especialistas se han hecho cargo y me han asegurado que el órgano podrá trasplantarse con éxito.

—Ana, solo por curiosidad, ¿Manuel…?

—Este asunto se ha terminado y ya nadie debe decir nada más sobre él. No te preocupes Luis, te lo agradeceré siempre. Si aquella noche no me hubieras dado los horarios de los turnos y sin tu mensaje de hoy, no lo hubiéramos logrado.

Suena su celular, que atiende molesta; se inmoviliza en tal silencio que ni siquiera respira. Los músculos, que sostenían su rostro firme, se rinden y su cara parece fluir. Miro hacia las luces y compruebo que no han cambiado. Es ella la que ha palidecido. Sus ojos, fijos en algún punto que no es de este mundo, se vuelven duro cristal.

— ¿Qué sucede Ana?, — pregunto afligido— me contesta un susurro — pablohamu—, un gruñido — ertopablohamuerto.

Un grito: — ¡Pablo ha muerto!

 

Carlos Caro

Paraná, 26 de mayo de 2014

Descargar solo “El 23, Pedro”: http://cort.as/B6MY

 
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Al horizonte

Al horizonte 1DHa sido como una explosión de colores y ruidos. Me han empujado, expulsado, ¿roto? Luego, dejo de sentir mi cuerpo y solo reconozco una leve brisa, el murmullo de la gente y una extraña alarma, que resuena a peligro en mi cabeza.

Creo que me desarraigo. Nada dramático. Tan imperceptible como el estallido de una pompa de jabón. Floto, vuelo o tan solo me impulsa el viento, primero sobre los techos de la ciudad, que parecen un loco mosaico inconcluso; más arriba, me pierdo un instante al descubrir la curvatura del horizonte.

El sol, en ese cielo sin nubes, le da un lustre especial a cada cosa que miro. El río parece una serpiente infinita con su piel de inquietos espejos. Comienza en el fin del mundo, lo atraviesa en lánguidos meandros y, mientras se pierde del otro lado de aquel mismo horizonte, advierto que éste forma un casquete circular a mi alrededor. Es lo único natural que diviso. La civilización ha impuesto su cuadrícula a la naturaleza y esta aparece, obediente, con los distintos cultivos perfectamente ordenados en figuras geométricas.

Noto ahora su compañía, la presiento. Me parece que algo eclipsa el sol un instante. Pero solo es mi imaginación. El hombre la piensa negra pues no ve a través de ella. No es ni siquiera presencia, no pertenece al espacio ni al tiempo. Tampoco es puerta o umbral, solo la duda le da forma de dolor en la mente. Es la construcción maldita de nuestro individualismo que, pensando que se diluirá en la nada, rechaza fundirse en un todo.

Nunca imaginé que se me permitiría elegir. Finalmente es pregunta. No hay orden, imposición o llamada. Esa entelequia esperará mi decisión aún más allá de mi vida. Nada necesita purgarse, ni mi corazón ser pesado. Aunque no lo advierta todavía y decida o no, ya estoy inmerso en la eternidad.

Vuelvo, abro los ojos y, en lugar del mundo, veo el negro sucio del asfalto. El dolor llega como una sorpresa en una oleada que no espero y mi boca deja salir el lamento que ha nacido en mis pulmones heridos.

Veo frente a mí los faros del automóvil. Ese que al cruzar la calle, se arrojó sobre mí. El mismo del que estudié cada detalle durante horas mientras se acercaba, inevitable, en un tiempo congelado, milímetro a milímetro.

El dolor exalta mis sentidos: veo todo brillante al borde del blanco, huelo el alquitrán, el combustible y el cuero de los zapatos que me rodean. Mi tacto se ha rendido y mi cuerpo es una sola llaga que arde. Mis oídos me aturden, aunque… me aferro a la esperanza de esa sirena que se acerca.

Respiro agitado en la mascarilla de oxígeno. Ya pasó, sobreviví. Será otra vez, pienso, sin entender una inexplicable melancolía. Respondo con la mía a esa sonrisa del médico que me inyecta. El dolor desaparece, me relajo sobre la camilla y al cerrar los ojos, regreso como visita al alto horizonte.

 

Carlos Caro

Paraná, 10 de abril de 2014

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Solo testigo

Solo testigoAlgo anda mal en mi vida, pero no sé qué es. Siento desazón y lejanía, como si hubiera niebla en mi cerebro. Al pensar en ello me doy cuenta de que hace mucho que está ahí sólo que lo ignoraba y ahora entra en erupción. Tampoco sé cómo solucionarlo y, mirando la hora con apuro, lo escondo en mi subconsciente.

Se me ha hecho tarde y corro hacia el ascensor. Al cerrar la puerta, sorpresivamente, comienza a subir (alguien debe haberlo llamado). Espero contrariado y, cuando se detiene frente a Doña Margarita, le abro la puerta y la saludo con un aburrido gesto de la cabeza. Definitivamente el día ha comenzado mal: detrás de ella, se cuela ese impertinente inquilino nuevo con su perro chihuahua. Mientras bajamos, el silencio que podría haber sido anónimamente profundo, es taladrado por sus rítmicos ladridos. Tiene el tono agudo exacto como para dejarme al borde de la locura homicida apenas un momento antes de llegar a la planta baja.

Mientras me sumerjo aliviado en el cacofónico ruido callejero, me prometo quejarme al administrador del edificio: está prohibido tener animales. En la esquina espero el verde del semáforo para cruzar y, cuando lo hago, un alien con casco y moto cruza en rojo sin reparos. Lo miro con ofendido asombro que se transforma en rojo furia cuando un agente de tránsito se hace el distraído y ni siquiera hace sonar su silbato. Hago una tilde mental en la sección reclamos de mi memoria para recordar llamar al departamento de tránsito.

Ni desayunar he podido. Entro corriendo al edificio de oficinas — ¡Esperen con el ascensor!— exclamo con tono suplicante al ver cerrarse las puertas. Siento un hervor detrás de mis ojos cuando ignorándome se cierran de todas formas delante de mi propia nariz. Soy una pieza más de la maquinaria empresarial y nadie repara en mí. Nadie excepto mi jefe que, lógicamente, me reprende. Lo dicho: hoy no es mí día.

Me acomodo (incómodo) en mi cubículo destechado y como siempre, me aliena esa ilusión de intimidad que me dan los paneles en medio de la multitud de compañeros. Esos que por no ver, son tan extraños. En medio de la rutina, para distraerme, mastico y degluto todas las malas noticias que me traen sin fin la red y los informativos. Me las traen cada minuto de cada hora y cada hora que pueda dedicarles, siempre con algún nuevo detalle actualizado.

Almuerzo intrascendente: comida chatarra disfrazada de delicadeza oriental. Otra tilde mental, pero ahora en la sección evasión de impuestos. He tenido que pedir por el dueño para que apareciera, como por arte de magia, mi omitido recibo de pago.

Nuevamente la maquinaria: tic, aburrida; tac, aburrida. Las cinco y fuga en tropel. Corro; no de alegría sino por la lluvia (no anunciada) mientras pienso en mi paraguas que, seguramente, sonríe burlón junto a la puerta de casa. Veo un descarado sol radiante en el pronóstico del tiempo de mi celular. No comprendo cómo logra convencerme día tras día. Debe ser porque es digital, tal es su leyenda de infalible, que eso lo exculpa. Si fuera persona, con solo la décima parte de sus mentiras, lo hubiera apartado. Esta noche desinstalaré la aplicación.

Llego… chihuahua presentido, pero no. Ducha caliente y comida congelada. Microondas y cena desabrida. Paz… tranquilidad. Me asomo al balcón con un cielo estrellado y ya sin nubes para reencontrarme después del ajetreo. Y de nuevo aflora mi malestar matutino.

Alguien tiene que hacer algo, hay que cambiar las cosas. Esto así no va más. En medio de esta hecatombe económica, el olvidado muro de Berlín renace agigantado en Gaza y en la frontera sur de los EE.UU. También Europa se blinda con un escudo de agua donde se estrella y ahoga África. Los amigos se espían y los viejos enemigos, cansados de su paz, en el colmo de la demencia, ahora reeditan la guerra fría. La culpa la tiene el Grupo de los 8 que ya son 7, o quizás: el Grupo de los 20, de los 70 o los desagrupados. Seguramente el sistema y las instituciones mundiales pero también el gobierno (siempre) y, atención, incluso los privados, los bancos y por ejemplo mi jefe. Al imaginarlo en una reunión del FMI, sé que ese poco de vino me ha hecho mal y me voy a acostar.

Dejo, inconsciente y acostumbrado, el mundo en manos de otros y, mientras me desvisto, olvido citarme con el administrador del edificio. Cuando abro la cama: el sueño borra la tilde mental del departamento de tránsito. Acomodado y leyendo, se diluye la otra tilde, la de evasión de impuestos. Antes de apagar la luz preparo el celular como despertador; ya no tengo fuerzas ni para desinstalar ese falsario pronóstico del clima. Increíblemente me muestra una surrealista nevada de verano que, horrorizado, le creo. En ese instante, sé con toda certeza quién es el culpable. En la oscuridad, a solas con mi conciencia reconozco que mientras mire mi ombligo y sea solo testigo, nada cambiará.

Mañana…mañana…mañana…

Mañana…mañan.

 

Carlos Caro

Paraná, 6 de mayo de 2014

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Agua

aguaEl viento me lastima, usa como arma tus gotas. Empapado, aún con el equipo impermeable puesto, me golpea con su retumbar el trueno. Con la mano defiendo mis ojos y estoy pendiente de cada relámpago de ese cielo donde, titánicas, luchan las nubes grises, lo espero con desespero. Perdida toda orientación, necesito saber desde dónde me buscan tus enormes olas, pues debo enfrentarlas con la proa y a toda potencia para que no me traguen.

No lo logré, me agoté durante horas girando loco el timón y sin darme cuenta, en un instante, me invadiste traicionera. Me aferro a un madero y juntos somos un juguete de tus olas, vino la noche y se fue, lo comprendo ahora mirando el amanecer mecido por tu superficie tranquila que te devuelve a mis pensamientos.

Agua clara, agua limpia, dulce o salada. Caes en torrentes, cataratas y lluvias. Subís como vapor y en nubes esperas paciente volver. Estás, generosa, en todas las formas de vida de este planeta, la flora y la fauna te reconocen como su origen y compañera. Te reciclas permanentemente a través de ellas, bebida por bocas o por raíces, has visitado cada célula durante millones de años. Tu presencia tan vasta ha transformando en azul la vista de la Tierra

Entiendo entonces la ansiedad de tus ríos, de tus lagos y de tus nieves. Es tu instinto de madre que intenta proteger a esa tierra seca y estéril de la que el mundo mineral te separó cuando ambos eran jóvenes. Ahora sé que antes de nacer ya me enamoré de vos en la bolsa materna.

Siguiendo mi sino de hombre, permanentemente me atraías. Cuántas veces disfruté de tu risa asordinada mientras como torrente jugabas con cada piedra o sorteabas las rocas y alegre seguías como espuma. Nunca me perdía tus lluvias, siempre dejé que tus gotas besaran mi rostro y abriendo la boca te bebía como un premio celeste. Te usé sin descanso, con la vergüenza de domarte, en canillas, mangueras y caños.

Cuando te conocí como mar me supe perdido. Ese horizonte infinito, tu superficie cambiante y la magia de las olas que, desde entonces rolan en mi mente como un murmullo siempre distinto, fueron el canto de sirenas que con su locura me hicieron buscarte.

Me hice remero, pescador y grumete. Entretejí mi existencia con tu soledad. La tierra tan tiesa y la humanidad distraída se esfumaban, se perdían en la distancia igual que se pierde lejana la costa.

Mercante al fin, perseguí tu horizonte, recorrí los océanos y con asombro conocí algunas de tus innumerables facetas. Huyendo de cada puerto que tocaba, perdía horas apoyado sobre el barandal de la cubierta y mis ojos con obsesión te aprendían.

A veces me divertían los delfines, que juguetones e incansables nos acompañaban durante días. Otras, eran los peces voladores que me maravillaban batiendo febriles sus aletas en cada salto. Vuelvo a ver, reverente, emerger a las ballenas, el tiempo transcurre más lento y el enorme animal sigue elevándose. Parece ya que su altura no tendrá límites y entonces se congela allá arriba. Como si lo talaran cae, el agua crece a su alrededor y en un hueco profundo lo vuelve a cubrir. Parece agradecer los aplausos por el espectáculo, su gran cola se inclina y nos despide feliz.

Recuerdo curioso de día e intranquilo de noche las extensiones de témpanos. Recuerdo sus mil formas distintas y como admiré tu arte de escultora. Como líquido has tallado incansable a tu hielo produciendo formas que la mente ni siquiera puede imaginar. Pero que, sin embargo, por ser tus hijos las reconocemos en nuestros sueños. Con el frío que cala hasta mis huesos y me abate, mi locura olvida y perdona tu furia.

Me acunas como al principio. Mis dedos congelados se sueltan, ya estás en mis pulmones inertes, me hago pesado y me hundo. La luz va menguando lejos y me entrego por fin a tus brazos.

¿Será tu rostro el de mis sueños…?

 

Carlos Caro

Paraná, 03 de marzo de 2014

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Un trueno lejano

un trueno lejano2Todo había sido preanunciado y, sin embargo, tantas fueron las desilusiones y frustraciones que habían signado mi vida que la duda me acosaba. Fueron meses de no querer prepararme, de evitar la esperanza, de apartar la mirada para no ver cada nuevo amanecer. Meses veloces, semanas cortas y días que se perdieron sin darme cuenta, enzarzado en el trabajo.

Esta semana ha sido, al fin, distinta. El destino parece cumplir su compromiso y como un huracán se me echa encima. El corazón late desbocado y mis nervios están a flor de piel. Mis ojos desvarían, creen ver hasta el ultravioleta y mis pasos no cesan: me agotan recorriendo los mismos caminos una y otra vez.

Ayer me dormí ansioso. Me volví y me revolví de un lado al otro de la cama. La presentía nebulosa y mis sueños se elevaban a su encuentro. Cansado de descansar, en cuanto amaneció, abrí las cortinas y, loco, la busqué en el cielo del norte pensando que volaba hacia mí.

Con desilusión, me sonreí para esconder mi anhelo bajo una máscara de normalidad. Dejé pasar horas que parecieron pocos minutos y el cielo se tornó celeste. Sin nubes, la sentí en ese trueno lejano. Tan lejano que, en mi realidad, todavía no existía. La distancia de ese choque de nubes y el retumbar que provoca en mi cuerpo me alerta y me impulsa a la danza del día.

Otra vez el tiempo se disloca y me reencuentro con sorpresa mirando por la ventana del frente. Amnésico hago inventario: al tocar mi cara afeitada supongo que lo hice al levantarme, me noto vestido pero solo recuerdo haberlo hecho ayer. No tengo apetito, es extraño, pero esas migas sobre el pantalón me lo explican y me traen el sabor de las tostadas desde un inasible pasado. Mi mano sobre el teclado me señala un tedioso texto en la pantalla y, con indignación, pienso quién se ha atrevido a usarla para tal mamarracho. Miro alrededor con bochorno, al reconocer uno de mis cuentos, tan aburrido, que hasta perdió mi atención.

Miro el reloj con angustia, mi sumisión no le basta pues sus manecillas no se han movido. Busco con desespero al sol y cuando lo encuentro tan alto, recupero feliz esas horas que me faltaban. Condeno a la pila del reloj por su abandono y la arrojo al cubo de la basura. La brisa agita los árboles y me torna frenético. Ya la siento, me hormiguea la piel y, como un sabueso, la olfateo en el aire. No me puedo estar quieto y mis pies, hartos de mi incertidumbre, me echan de todos lados.

Por fin, se levanta sobre el horizonte y oscurece el día. La tormenta viene. Más grande, llena de nuevas voces y truenos. Pienso ambivalente los destrozos y los renacimientos que traerá su paso. Ya está en mi puerta, la golpea y la agita con una energía sin límites. Decido enfrentarla, corro y abro sin aliento. Es tanta su potencia y tanto lo que representa que, reverente, me arrodillo a su altura y me entrego.

Todo el alboroto se detiene, el sol brilla, el viento no ruge ni la gente se esconde despavorida. Me reduzco a casi nada pues soy mi cuello que abrazan sus pequeños brazos y mis mejillas que reconocen sus besos de ángel. Me saluda como a su oso de peluche, el que olvidó ayer sobre su cama distante. Todo es tan simple y aun así, otra vez, cambia mi destino.

 

Carlos Caro

Paraná, 30 de abril de 2014

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Ningún lugar

Ningun lugarCerraron la puerta detrás de mí y aunque intenté regresar, no la pude abrir. Sin orientación me vi en un pasillo azulejado, tan infinito hacia un lado como hacia el otro. Sólo me mostraba en cada extremo un sucio ventanal que filtraba poca luz.

Comencé a recorrerlo mientras sonaba en mi cabeza una cuenta descendente y la orden de buscar el camino hacia ningún lugar. Encontré una encrucijada, hui del lado izquierdo y tome a la derecha. Era más bajo, también sin fin pero que, iluminado por fluorescentes tartamudos, se perdía en un gris lejano.

Se abrían pasillos en ambos sentidos y en un momento me sentí totalmente perdido. Me creí un ateniense en el laberinto de Dédalo. Minos me había ofrendado y ya sólo era carne para el Minotauro. Con horror oí su bufido que levantó una nube de polvo desde la próxima intersección. Lleno de pánico, me dispuse a huir, cuando en lugar de la tan temida testuz, apareció un inofensivo escobillón muy ancho que era empujado rítmicamente por un ordenanza. Petrificado, vi cómo cruzaba y se perdía del otro lado.

Demoré una eternidad en volver a respirar, mi corazón corría y mi boca estaba seca. Mientras oía que el bufido se perdía en la distancia, me fui calmando, recordé la cuenta regresiva y recuperé el ánimo. Encontré fácil imitar el valor de Teseo y me asomé con un temor ridículo a ese cruce. No había nadie, solo el piso brillante por lo limpio y me dije, entonces, que quizás fui estatua demasiado tiempo. Pero enseguida lo olvidé pues a pocos pasos estaba, proverbial, un ascensor en el que sin dudas saldré de estas subterráneas mazmorras y podré dirigirme a ese camino a ninguna parte. Como si me persiguieran, corro hacia él: abro, entro y cierro con desesperación, me asusto del estruendo que yo mismo provoco.

Me enfrento al tablero que no tiene botones de subsuelos. No lo entiendo, pero como si fuera un salvavidas para un ahogado, golpeo el que indica planta baja. Mi mente estalla con el desconcierto de bajar en lugar de subir ¿Dónde estoy? ¿El laberinto no era subterráneo? Veo los números de los pisos que se van iluminando a medida que bajamos y coinciden con esa cuenta regresiva de mi inconsciente. Con un contundente rebote se detiene al final. Ya no sé qué hacer, miro sin ver la puerta durante horas, sólo oigo mi respiración autónoma: no tengo pasado, no tengo futuro. Es un limbo intemporal cómodo. No me da nada y no espera nada de mí.

Es lo que buscaba. El conteo se interrumpe. La puerta se abre, la luz me encandila, los sonidos me aturden, el corazón golpea e inspiro con fuerza por primera vez. Regreso, no sé por qué ni de dónde. Me duele, siento mi cuerpo colgar de cabeza y húmedo. Me golpean con fuerza y mi llanto de furia olvida todo. Deja mi mente nueva y en blanco.

Solo me consuelan unos tibios brazos y ese palpitar. Es lo único que llena mi cerebro, el rítmico latido de ese corazón que me acompaña desde el principio, desde: ningún lugar.

 

Carlos Caro

Paraná, 31 de marzo de 2014

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La casa de Lucilia

La casa de Lucilia                                                                                                                      Algunos la llaman Blowfi

                                                                                                                                    W¹: Calliphoridae

Hoy me he despertado ansiosa. Voy zumbando del dormitorio al baño y, desde allí, la gula me atrapa y me dirige hacia el comedor en busca de un buen desayuno. Mis ojos son mil, y aun así, no me alcanzan para apreciar tantas maravillas que encuentro. Beso con devoción una tostada y luego la traiciono besando también la mermelada.

Esto irrita a los que viven conmigo. Solo hace diez días que nos conocemos. Deploran mis malos modales, me retan y para castigarme me apartan con enojo. Con media vida a cuestas ya los conozco y no me dejo amedrentar. Revoloteo molesta a su alrededor hasta que cada cual ha recibido lo suyo.

Ahíta, salgo al jardín, voy de flor en flor solo para entretenerme mientras el sol me entibia. Recorro todo ese entorno con un placer de dueña. Hago reales sus aromas al tocarlas y pierdo días de existencia en el embeleso. Sin aburrirme, no encuentro nada nuevo y regreso, acalorada y refulgente, a la sombra de la casa.

Para entonces, ya se han ido (regresarán al anochecer) y esta soledad me da una sensación de seguridad que me tranquiliza. Bajo el nivel de mis recelos, naturales pero también agotadores. Tanto, que ya siento, incipiente, un poco de hambre.

Sin un propósito definido, pongo los pies en la tierra y paso de un cuarto a otro. Piso la madera en unos y los mosaicos en otros. Reviso esos armarios ajenos y hasta siento a quién pertenecen. Al tocar ese pañuelo multicolor lo sé de seda y con un suave dejo de gardenias. Justo al lado, en otro menos abarrotado, también encuentro la seda en una elegante corbata que conserva la loción de afeitar. Escalo la cama, y al atravesarla, distingo abrazados a la gardenia con la loción de afeitar.

Pienso que el título de espía me calza como un guante. Jugando, me disfrazo de negro pero un rayo de sol me revela verde y brillante.

Impune, exploro otros dormitorios de cortinas menos abiertas. Toco aquí y allá, mas no consigo distinguir ninguna presencia u olor. Seguramente la vida se los ha llevado y floto en una atmósfera que mezcla la melancolía con un feliz anhelo de un próximo reencuentro. Con ojos distintos, se multiplican frente a mí esos millares de retratos con sonrientes caras y esos miles de juguetes antiguos que parecen esperar ansiosos las viejas y las nuevas caras para ser queridos otra vez.

Tanta curiosidad ha exacerbado mi hambre, de modo que visito la cocina y, apoyada en la pared, los espero con impaciencia. La luz mengua, el sol se va y ellos llegan en una explosión de ruidos que me amedrenta. Me paralizo instintivamente y espero que no me distingan de las sombras.

Mi hambre ya me obnubila y, aunque sé que les molesto, necesito comer. La luz regresa y pasan a mi lado charlando. Dejo escapar lentamente el aire que aprisionó mi temor, parece que no me han advertido. No puedo creer que me ignoren de esta manera y han dejado, presiento, comida sobre la mesada mientras siguen hacia el comedor. Enloquecida de hambre y de miedo vuelo hacia la mesada. La toco, la huelo y, desquiciada, comienzo a comer. Un cambio en la luz, que sé fatal, dispara alocadas mis alas y mi cuerpo verde iridiscente me delata en el inútil intento de huir.

— ¡Por fin! — Exclamó Juan con el matamoscas en la mano—. Ya no aguantaba más a esa mosca.

1- Wikipedia

 

Carlos Caro

Paraná, 19 de abril de 2014

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